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15 marzo 2027

EL CARPINTERO DE NAZARET. Años de trabajo oculto

EL CARPINTERO DE NAZARET (1 de 3)
Años de trabajo oculto
Luis Cano

Ante nosotros se extiende la villa de Nazaret del primer siglo. Se trata de un pequeño pueblo situado en la ladera de una colina, donde habitan unas docenas de familias, con su pequeña sinagoga, sus campos cultivados en terrazas y sus casas construidas con la piedra local. Nos adentramos en la sinagoga. Jesús está hablando y sus paisanos le miran con la boca abierta. Han oído decir que, desde que se marchó de la aldea, ha empezado a hacer milagros y a arrastrar multitudes, a las que predica con más autoridad que los escribas y fariseos. Pero no salen de su asombro. Todo eso contrasta con su vida en Nazaret, que conocen perfectamente: ¡es el carpintero del pueblo! «¿De dónde sabe este estas cosas? –se preguntan–. ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es este el artesano, el hijo de María?» (Mc 6,2-3).

Probablemente, en el pasado, Jesús habría salido de Nazaret en contadas ocasiones: solamente para ir a Jerusalén en las fiestas a las que acudía todo judío piadoso y quizá, por motivos de trabajo, a otros pueblos vecinos. Tampoco hay constancia de que se hubiera trasladado a Jerusalén para estudiar con los maestros de Israel. Los judíos de la Ciudad Santa estaban seguros de no haberle visto por allí y se interrogaban: «¿Cómo sabe este de letras sin haber estudiado?» (Jn 7,15).

El misterio de la normalidad

El Evangelio no se detiene a narrar los años de vida oculta de la Sagrada Familia. Solamente podemos imaginar cómo trascurriría un día normal en la casa de Nazaret. José trabaja en su oficio de carpintero. María cuida del niño y se ocupa de las labores de la casa.

Jesús juega con los muchachos de su edad. Una existencia, en definitiva, que no llama la atención. «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo».

Con el paso de los años, los habitantes de Nazaret tendrían a Jesús por una persona sencilla, un trabajador como tantos otros que se había ganado el sustento con sus propias manos. A ojos del pueblo, su vida no había tenido ningún misterio. Pero esa falta de misterio es precisamente lo que nos ilumina: conocemos que su vida fue normal, que no se diferenció en nada de lo que un trabajador realizaba en la Galilea del primer siglo. Aquella vida es, para nosotros, una película apasionante, pues Dios nos ha llamado a vivir y a trabajar así, encontrando en el mundo, en las tareas que llevamos a cabo, el espacio en el que podemos experimentar un encuentro personal con la Santísima Trinidad: «Todos, siguiendo cada uno su propia vocación –en su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de ciudadano, en el ejercicio de sus derechos–, estamos llamados a participar del reino de los cielos».

Toda nuestra vida cotidiana y nuestro esfuerzo por cultivar el mundo está llamado a convertirse en un diálogo personal con Dios. «Los campos, el mar, las fábricas siempre fueron altares desde los que se alzaban oraciones hermosas y puras, que Dios acogió y recogió. Oraciones dichas y rezadas por quien sabía y quería rezar, pero también oraciones dichas con las manos, con el sudor, con la fatiga del trabajo de quien no sabía rezar con la boca».