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BUSCADORES DE DIOS (3 de 4)
Somos lo que deseamos
Miguel Forcada
«Entonces, Herodes, llamando en secreto a los magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles: “Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle”» (Mt 2,7-8). Aunque las intenciones de Herodes no fueran las más rectas, sus indicaciones encendieron nuevamente los corazones de los magos: ya sabían cómo continuar su camino.
Ellos no se habían conformado con la vida cómoda que tenían en su tierra, tal vez con muchas rentas y un alto prestigio social; eran «buscadores de Dios». Por eso es probable que se desilusionaran cuando llegaron a Jerusalén y no sabían cómo proseguir. Pero en cuanto descubrieron la ruta que les llevaba al rey, volvieron a sentir una alegría que les confería fuerzas para reemprender el viaje.
El deseo que abrigaban de adorar a quien daba sentido a sus vidas era mayor que el de disfrutar de sus seguridades. Fue ese impulso interior lo que les llevó a recorrer cientos de kilómetros y atravesar territorios desconocidos. «Porque Dios nos ha hecho así: amasados de deseo; orientados, como los magos, hacia las estrellas. Podemos decir, sin exagerar, que nosotros somos lo que deseamos. Porque son los deseos los que ensanchan nuestra mirada e impulsan la vida a ir más allá: más allá de las barreras de la rutina, más allá de una vida embotada en el consumo, más allá de una fe repetitiva y cansada, más allá del miedo de arriesgarnos, de comprometernos por los demás y por el bien».
Los magos estaban decididos a hallar a aquel rey costara lo que costase. Tenían «la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis» les impedirían llegar a encontrar a Jesús. «No querían solamente saber. Querían reconocer la verdad sobre nosotros, y sobre Dios y el mundo. Su peregrinación exterior era expresión de su estar interiormente en camino, de la peregrinación interior de sus corazones». Por eso, «al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). No habían sido testigos de los portentos del Señor que se narran en el Antiguo Testamento. Tampoco habían visto los milagros que años más tarde los contemporáneos de Jesús presenciarían. Les bastó la estrella para llenarse de alegría. Amaban al Dios desconocido aun cuando no lo habían visto. Al fin y al cabo era lo que deseaban desde que habían dejado atrás sus hogares.