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8 febrero 2027

PROTAGONISTAS POR SORPRESA. Conquistar a María

PROTAGONISTAS POR SORPRESA (3 de 3)
Conquistar a María
Eusebio González

Después del anuncio, los pastores «fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre» (Lc 2,16). Es lógico que en este versículo el evangelista nombre primero a María, antes que a José... ¡y antes que a Jesús! Cuando nace un niño la madre no quita los ojos de él. Si queremos acariciarlo, le pedimos permiso a ella. Los pastores tenían que conquistar la simpatía de María para acercarse al niño. Sí, habían traído lo que tenían a mano en ese momento: un poco de comida, algo de abrigo, una oveja… Pero ¿qué era todo aquello cuando delante se encuentra el Rey de Reyes? Podía parecer insignificante, pero María, como buena madre, mira sobre todo el cariño con que han ofrecido estos regalos. Y los pastores, después de haberse ganado a la Madre de Dios, se acercarían al niño y dirían algo parecido a lo que repetía san Josemaría: «Miro a Dios reclinado en un lugar donde no viven más que las bestias, y exclamo: Jesús, ¿dónde está tu realeza? Hijo mío, ¿has visto la grandeza de Dios que se ha hecho Niño? Porque su Padre es Dios, y sus criados, las criaturas angélicas. Y está aquí, en un pesebre, en pañales...».

Los pastores no olvidarían nunca lo que vivieron en esa velada. Nada les hacía presagiar, cuando comenzaron una noche más de trabajo, las maravillas de las que iban a ser testigos. Un ángel se les había aparecido y juntos habían ido a adorar al Mesías recién nacido. Por eso, no extraña lo que se recoge al final del relato, después de haber estado con la Sagrada Familia: «Reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho» (Lc 2,17-18).

Esos hombres sencillos, acostumbrados solamente a lidiar con los animales más despreciados, se han convertido en anunciadores de la venida del Salvador. Ver al niño ha obrado en ellos un cambio que, a primera vista, parecía imposible. Ellos no habían recibido una formación específica para proclamar la Palabra, y probablemente sus conocimientos de las Escrituras fueran bastante limitados. Pero es precisamente en la sencillez de los pastores donde se hizo viva la potencia del Señor, «porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1Co 1,25). Los pastores no necesitaban de grandes dotes para hablar del niño: bastaba transmitir el encuentro personal que habían tenido con él.