-
LA ORACIÓN A CÁMARA LENTA (1 de 7)
José Manuel Antuña
En el siglo pasado se habló mucho sobre el teléfono rojo que comunicaba a los dirigentes de dos grandes potencias mundiales, aunque estas se encontrasen a miles de kilómetros de distancia entre sí. La idea de poder hablar inmediatamente con personas tan lejanas causó mucha sorpresa. Todavía quedaban muy lejos los dispositivos móviles que hoy conocemos. Refiriéndose a este artefacto, san Josemaría decía en 1972 que nosotros tenemos «un hilo directo con Dios Nuestro Señor, mucho más directo (…). Es tan bueno, que está siempre disponible, que no nos hace aguardar».
Por la fe sabemos que el Señor está siempre al otro lado de la línea. Sin embargo, ¡cuántas veces hemos experimentado dificultades para oírle o para ser constantes en los tiempos de oración que nos hemos propuesto! Algunas personas las expresan diciendo que «no conectan con Dios». Se trata de una experiencia dolorosa que probablemente habremos vivido también nosotros, y que puede conducir al abandono de la oración. A veces, por mucho empeño que pongamos, incluso habiéndolo hecho durante años, persiste la sensación de no saber hablar con Dios: aunque estamos seguros de tener un hilo directo con él, no conseguimos salir del monólogo interior; no alcanzamos esa intimidad que tanto ansiamos.
El Papa Francisco nos alienta a no desfallecer; a «mantener la conexión con Jesús, estar en línea con Él (...). Así como te preocupa no perder la conexión a internet, cuida que esté activa tu conexión con el Señor, y eso significa no cortar el diálogo, escucharlo, contarle tus cosas». ¿Cómo mantenernos despiertos al otro lado de la línea? ¿Qué podemos hacer para que nuestra oración sea un diálogo de dos? ¿Cuál es el camino para seguir creciendo, con el paso de los años, en intimidad con el Señor?