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LA ORACIÓN A CÁMARA LENTA (3 de 7)
Como el Espíritu Santo lo permite
José Manuel Antuña
Arrastrando la barca, pesada por las redes llenas, los discípulos alcanzan la orilla. Allí se encuentran con un inesperado desayuno de panes y peces a la brasa. Al sentarse en torno al fuego, comen en silencio. Ninguno se atreve a preguntarle: “¿Tú quién eres?”, «pues sabían que era el Señor» (Jn 21,12). El peso de la conversación recae sobre Jesús. Ciertamente, la clave en la oración está en dejarle hacer a Dios, más que en el esfuerzo del propio corazón. Por eso, una vez que preguntaron a san Juan Pablo II cómo era su oración, respondió: «¡Habría que preguntárselo al Espíritu Santo! El Papa reza tal como el Espíritu Santo le permite rezar». El elemento más importante es el tú, porque es Dios quien tiene la iniciativa.
Tras ponernos en presencia de Dios, es necesario apagar los ruidos y perseguir un silencio interior que supone cierto esfuerzo. Así será más fácil escuchar la voz de Jesús que nos pregunta: «Muchachos, ¿tenéis algo de comer?» (Jn 21,5); o que nos indica: «Traed algunos de los peces» (Jn 21,10); o que nos pide amablemente:
«Sígueme» (Jn 21,19). El Catecismo de la Iglesia señala que es necesario un combate por desconectar para conectar y, así, hablar con Dios en la soledad de nuestro corazón. Los santos han repetido muchas veces este consejo: «Deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes (...). Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de Él. Di, pues, alma mía, di a Dios: «Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro» (Sal 27,8)».
Esto no siempre resultará sencillo, porque las tareas y preocupaciones habituales captan fuertemente nuestra memoria e imaginación y pueden llenar nuestra interioridad. No existe una varita mágica para este problema, porque las distracciones son de ordinario inevitables y es difícil mantener una atención sin altibajos. San Josemaría aconsejaba convertirlas en tema de conversación con Jesús, aprovechando «para pedir por el objeto de esa distracción, por aquellas personas, y dejar actuar al Señor, que saca siempre lo que quiere de cada flor». Es también una ayuda eficaz encontrar buenos momentos y lugares propicios; aunque se puede orar en todo lugar, no todas las circunstancias facilitan el diálogo ni expresan de igual modo los deseos sinceros de orar.