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PROTAGONISTAS POR SORPRESA (2 de 3)
El camino que conduce a Dios
Eusebio González
En cuanto los pastores vieron el ángel «se llenaron de un gran temor» (Lc 2,9). Se trata de una primera reacción que se entiende. También María se había turbado ante el anuncio del ángel Gabriel.
Es un temor por saberse indignos de compartir las cosas de Dios. Si algo tenían en común la Virgen y los pastores era precisamente una sencillez que les llevaba a no darse importancia y a dejarse sorprender por los planes divinos. «Los pastores representan a los pobres de Israel, personas humildes que interiormente viven con la conciencia de la propia carencia, y precisamente por esto confían más que los otros en Dios. (...) Solo la humildad es el camino que nos conduce a Dios y, al mismo tiempo, precisamente porque nos conduce a él, nos lleva también a lo esencial de la vida, a su significado más verdadero, al motivo más fiable por el que la vida vale la pena ser vivida».
Quizá habría tenido más sentido que el ángel hubiera anunciado esta noticia en el Templo de Jerusalén. Era allí donde se hallaba la gloria del Señor donde se encontraban los sacerdotes, personas que contaban con el prestigio del pueblo para transmitir el mensaje. Pero Dios quiso manifestarse de noche, cuando solo unos pocos estaban aún despiertos, y a unos hombres que no podían presumir de nada. Así hace él las cosas. Le gusta pasar oculto. Llega de modo insospechado entre los que menos tienen y menos pueden. Porque es allí, en medio de esa nada, donde Dios despliega toda su grandeza.
«Nuestra lógica humana no sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra es suya. (...) En la base de la vocación están el conocimiento de nuestra miseria, la conciencia de que las luces que iluminan el alma –la fe–, el amor con el que amamos –la caridad– y el deseo por el que nos sostenemos –la esperanza–, son dones gratuitos de Dios. Por eso, no crecer en humildad significa perder de vista el objetivo de la elección divina: ut essemus sancti, la santidad personal».
El ángel, conociendo lo que estarían sintiendo los pastores, les dijo:
«No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre» (Lc 2,10-12). Al miedo inicial de los pastores, se sobrepone el anuncio de paz, alegría… y probablemente desconcierto. Quizá incluso se preguntarían si habían oído bien. ¿El Mesías naciendo en un pesebre?
Para los pastores, el pesebre era un instrumento de trabajo muy común. De algún modo, es como si a nosotros hoy el ángel nos dijera que el niño nos espera en la mesa de la oficina, en el taller o en el coche. Por eso los pastores quedarían un poco extrañados. El mismo pesebre que ellos llenaban todos los días de alimento para las ovejas ahora serviría para recostar al Hijo de Dios. Puesto en un lugar que sirve para comer, nos adelanta que ha venido a entregarse como alimento por cada uno de nosotros: «Dios se hace pequeño para ser nuestro alimento. Nutriéndonos de él, Pan de Vida, podemos renacer en el amor y romper la espiral de la avidez y la codicia. (…) Ante el pesebre, comprendemos que lo que alimenta la vida no son los bienes, sino el amor; no es la voracidad, sino la caridad; no es la abundancia ostentosa, sino la sencillez que se ha de preservar».