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8 noviembre 2027

¿TODAVÍA NO COMPRENDÉIS? La memoria, medicina para el corazón

¿TODAVÍA NO COMPRENDÉIS? (2 de 4)
La memoria, medicina para el corazón
Juan Carlos Ossandón

La reacción de Jesús no se hace esperar: «¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón?» (Mc 8,17). Para entender qué significa ese todavía, otra vez hace falta dar un salto atrás en el Evangelio, a modo de flashback, y recordar el momento en el que los discípulos se encuentran en la barca después de la primera multiplicación de los panes y los peces (cfr. Mc 6,33-52). En esa ocasión, ellos se habían puesto a gritar de miedo al ver a Jesús caminando sobre el mar. El evangelista explica entonces que los discípulos «se quedaron mucho más asombrados; porque no habían entendido lo de los panes, ya que su corazón estaba endurecido» (Mc 6,51-52). Implícitamente, viene a decir que, si hubieran entendido el verdadero significado de la multiplicación, no se habrían asustado al ver al Maestro andando sobre el agua, ni se habrían sorprendido de que se hubiese calmado el viento al subir él a la barca. ¡Les habría parecido lo más normal del mundo!

Volviendo a la escena principal, vemos que esta vez Jesús no solo reprocha a los discípulos su dureza de corazón, sino que además los llama ciegos y sordos:

¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís? ¿No os acordáis de cuántos cestos llenos de trozos recogisteis, cuando partí los cinco panes para cinco mil?

–Doce –le respondieron.

–Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?

–Siete –le contestaron. Y les decía:

–¿Todavía no comprendéis?» (Mc 8,18-21).

El ánimo con el que Jesús entabla este diálogo recuerda la reprensión que hizo a los fariseos anteriormente –«¿Por qué esta generación pide una señal?». Incluso podemos notar una mayor fuerza en estas palabras, pues no se las está dirigiendo a cualquiera, sino a sus amigos más íntimos. Y dejan entrever también un atisbo de sorpresa: a pesar de haber presenciado tantos milagros y oído tantas enseñanzas de Jesús, los discípulos todavía no han entendido.

Pero el Señor busca el modo de avivar los corazones de los apóstoles. Y lo hace invitándoles a recordar los prodigios que él mismo ha obrado en sus vidas. «Existe una medicina contra la dureza del corazón, y es la memoria. Por eso, en el Evangelio de hoy, y en tantos pasajes de la Biblia, se escucha la llamada al poder salvífico de la memoria, una gracia que debemos pedir porque mantiene el corazón abierto y fiel. Cuando el corazón se endurece, cuando el corazón se embota, se olvida (…) la gracia de la salvación, se olvida la gratuidad». Y es que recordar la presencia del Señor en la vida de cada uno nos lleva a entusiasmarnos con el presente y a mirar con esperanza el futuro: no habrá obstáculo ni falta de pan que pueda quitarnos la alegría de estar en la misma barca que Jesús.