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5 noviembre 2027

ORACIÓN Y MISIÓN (3 de 5)

ORACIÓN Y MISIÓN (3 de 5)
Diego Zalbidea

Para que sean felices

San Josemaría estaba a punto de abandonar uno de sus refugios durante la guerra civil española cuando dirigió la meditación en voz alta a los que le acompañaban. Les contó un proyecto que llevaba muy dentro: deseaba escribir, cuando fuera posible, un pequeño librito que titularía Tratado de la felicidad o, simplemente, De la felicidad. Les leyó el posible inicio: «Jesús y yo queremos que seas feliz, aquí y en el otro mundo». Aunque ese libro no llegó a ver la luz, ese comienzo vale la pena por sí solo. Así podría definirse nuestra misión como apóstoles: junto a Jesús, tratar de hacer felices a los demás.

Cristo desea hacernos canales de su gracia, de sus milagros; al llamarnos a su barca nos ha regalado la sed de su corazón. Todos tenemos, gracias al bautismo, alma sacerdotal, es decir, la capacidad de ser mediadores; nos ha enviado para dar fruto y para que nuestro fruto dure (cfr. Jn 15,16). Y justamente eso es lo que significa disfrutar: percibir o gozar los productos y utilidades de algo. Es posible que algunas veces nos fijemos solo en las dificultades. Es, entonces, la hora de rezar, de descubrir que el protagonista es el Espíritu Santo. Es el tiempo de la oración y del sacrificio que, aunque podrían parecer poco eficaces, en realidad son el remedio de los males más profundos que afligen al mundo. Otras veces, en cambio, sí veremos el fruto de nuestros esfuerzos y nos llenaremos de acciones de gracias. En ambos casos Dios quiere que gocemos de nuestra misión, que la saboreemos, que paladeemos el amor de Jesús por las almas.

Sucede que cuando rezamos nos vamos llenando de aquella locura de su corazón, la que le movió a abajarse hasta hacerse uno como nosotros; la locura que le llevó a Belén y que le condujo a la cruz; la locura que le mantiene en el sagrario esperándonos. «El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer». Y, lleno de ese fervor, el apóstol se lanza a la aventura de compartir su experiencia, compartir la felicidad de Dios, la felicidad de un creador arrebatado por el frágil cariño de sus criaturas. Es tan sencillo acompañarle, perseverar junto a él: bastan la oración y el sacrificio, algo asequible, al alcance de cualquier fortuna.