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4 noviembre 2027

AGRADAR A DIOS. El sentido de ese primer lugar

AGRADAR A DIOS
El sentido de ese primer lugar
Diego Zalbidea

Quienes tuvieron la suerte de participar en la canonización de san Josemaría posiblemente no habrán olvidado un detalle entrañable en la homilía de san Juan Pablo II. En aquel momento tan solemne, el Papa recordó un punto de Camino que habremos meditado muchas veces: «Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción»77. Un orden que resulta sorprendente para un mundo como el nuestro, marcado por el exceso de actividad. Y que, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo. Porque la oración y la mortificación —oración de los sentidos— nos abren a la acción de Dios. En la lógica de ese orden late la fuerza del Espíritu Santo, ya que solo él sabe pedir como nos conviene (cfr. Rm 8,26).

Cuando rezamos de verdad nos desprendemos de lo que hacemos nosotros, de nuestras seguridades. Nos fiamos de Cristo, buscamos hacer su obra; manifestamos nuestro deseo de trabajar por él, con él y en él. No nos importan demasiado el cansancio, las dificultades, el éxito aparente o su ausencia. Si, en cambio, priorizamos la acción, corremos el riesgo de pensar que somos nosotros los que transformamos a nuestros amigos. Entonces, nuestra inseguridad busca la seguridad en los resultados. Queremos tener la certeza de que lo estamos haciendo bien. Pero esa mirada es generalmente superficial, de corto alcance; a esa mirada posiblemente le falta todavía la forma del grano de mostaza.

La tentación de ponernos a nosotros en primer plano puede hacerse presente también, de modo más sutil, incluso en nuestra oración. Esto sucede, por ejemplo, cuando pensamos que es necesario convencer a Dios, merecer los frutos o estar a la altura. Sin querer, entendemos nuestra oración como algo que hacemos exclusivamente nosotros. Nos situamos frente a Cristo y no junto a él; o, por decirlo aún con más precisión, no nos situamos en él. No es extraño que, entonces, interpretemos nuestra oración o nuestra acción como una moneda para comprar frutos apostólicos. Pero san Agustín nos plantea un marco muy distinto: Dios «pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante». Así, en realidad, lo que hace nuestra oración es prepararnos para desear unirnos a los planes de Cristo, sean los que sean.

Puede ayudarnos a dar la vuelta a esa mentalidad comercial en la oración algo que narraba una vez san Josemaría: «En 1940, en la playa de Valencia, pude ver cómo unos pescadores —recios, robustos— arrastraban la red hasta la arena. Un niño pequeño se había metido entre ellos, y tratando de imitarles, tiraba también de las redes. Era un estorbo: pero observé que la rudeza de aquellos hombres de mar se enternecía, y no apartaban al pequeñín, dejándole en su ilusión de ayudar en el esfuerzo. Os he contado muchas veces esta anécdota porque a mí me conmueve pensar que Dios Nuestro Señor nos deja a nosotros también poner la mano en sus obras, y nos mira con ternura al ver nuestro empeño en colaborar con Él».

La oración nos ayuda precisamente a comprender el privilegio de la elección de Dios, la suerte que nos ha tocado de participar en su misión: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). Cristo quiere que nos sintamos colaboradores suyos y que, en nuestra pequeñez, lo seamos realmente. De que nos animemos a poner nuestras manos en las redes de Cristo «dependen muchas cosas grandes». Después, es él quien lo hará todo. Y, además, nos ofrece también el premio: «Ni tan siquiera vimos la batalla y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó, y nosotros quienes hemos sido coronados». Cristo nos regala la capacidad de disfrutar de la misión, de llevarnos la mejor parte, de apuntarnos el tanto, también cuando algunas veces no veamos exteriormente los frutos. Él ha prometido que sus elegidos «no trabajarán en vano» (Is 65,23). Su promesa debería bastarnos.