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Vivir de esa relación (2 de 2)
Carlos Ruiz Montoya
A través de Jesús, Verbo en quien fueron creadas todas las cosas (cfr. Col 1,16), también nosotros nos encontramos, en lo más íntimo de nuestro ser, en profunda relación con el Padre. Lo sentía muy fuertemente en su corazón san Ignacio de Antioquía cuando escribía: «un agua viva habla dentro de mí y me dice: Ven al Padre». El hecho de que Dios me ama, de que me ha creado para que sea feliz con él, constituye mi núcleo personal más auténtico, el sentido más radical de quién soy; y al revés, «el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima». Por eso, la oración no es un añadido a nuestra vida. La conversación con Dios nos permite habitar en nosotros mismos. Estar en diálogo con Dios es estar en nuestra casa interior, es ser quienes realmente somos. Si la vida interior de Jesús consiste en el diálogo ininterrumpido con su Padre, también nuestra vida interior ha de nutrirse de ese mismo diálogo con Dios, que es un diálogo de amor.
«Dios ama comunicarse, más que en el fragor del trueno o del terremoto, en “el rumor de una brisa suave” (1R 19,12) o, como lo traducen algunos, en una “sutil voz de silencio”. Este es el encuentro importante, que no hay que perder», decía el Papa León XIV a los dos días de su elección. Y el lugar de ese encuentro es el corazón: «Es la morada donde yo habito (…). Es nuestro centro escondido (…), el lugar del encuentro, ya que, a imagen de Dios, vivimos en relación». Sin embargo, hay corazones que viven en un permanente monólogo interior. Y cuando un corazón vive así, los frutos no pueden ser de amor. Serán más bien de egoísmo. Si la conversación interior está centrada en el yo, las obras estarán fundamentalmente referidas también a uno mismo. La queja frecuente, el mal humor, los enfados… pueden ser síntomas de la frustración que produce ese monólogo interior; porque «el hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca» (Lc 6,45).
El auténtico tesoro de un corazón, el único verdadero tesoro, es su relación de amor con Dios. Esa es la raíz de la que brotarán buenos frutos, en palabras y obras. Por eso Jesús dice que «solo Dios es bueno» (Mc 10,18): fuera de él no hay más que tinieblas, tristeza, absurdo. Es el vacío, el aislamiento de quien, hecho para la relación, se encuentra en el fondo terriblemente solo. Solo ante el futuro, ante la muerte, ante las dificultades. «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2,18), dice Dios en el relato de la creación del hombre. Y cuando el Ángel anuncia a la Virgen el sublime momento de la Encarnación, le dice que llamará a su hijo Emmanuel, que significa, Dios-con-nosotros. El Salvador tiene un nombre que expresa precisamente compañía, relación personal. «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5): es la relación con Jesús la que nos salva, y la que nos convierte en instrumentos de salvación para otros.
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«Cristo permanece con nosotros. Algunas veces, antes de comenzar un trabajo, san Josemaría se dirigía así al Señor: “Jesús, vamos a hacer esto entre los dos”. Jesús está con nosotros, y nosotros somos instrumentos suyos. Esto exige actuar bien, trabajar bien; de lo contrario, de alguna manera, es como si hiciésemos “quedar mal” al Señor, por culpa del instrumento. Jesús y yo. Es una relación personal, única, insustituible. Pero, al mismo tiempo, la unión con Cristo —si es auténtica— se hace unión con el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia: comunión con Dios, comunión de los santos. La relación “Jesús y yo” se convierte en unión para los demás, con los demás».