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Un silencio que se paladea
José María Álvarez de Toledo
La residencia DYA lleva dos años funcionando. San Josemaría, que hasta entonces cargaba con todo el peso de las actividades de formación con gente joven, pide que algunos de sus hijos le ayuden en esta tarea. Por eso, decide escribir una instrucción que les facilite su preparación y recoja algunas ideas que inspiren el trabajo apostólico con los chicos de san Rafael. Entre los rasgos que considera importante fomentar en la residencia, señala el amor al silencio: «Nuestros estudiantes no olvidarán que su silencio es: la oración, el trabajo y el descanso de los demás. Después del comentario, a la noche, habrá silencio mayor hasta después de la Misa del siguiente día». San Josemaría consideraba este silencio no como una cuestión de disciplina u orden, sino sobre todo como un pulmón para la oración y la Misa del día siguiente: «Se paladea, se hace indispensable».
Muchas veces podemos pensar que necesitamos alzar la voz para que alguien nos escuche. Creemos que solo así seremos capaces de llamar su atención o exponer nuestra opinión de manera más atractiva. Dios, en cambio, actúa al revés. «Cuando la noche estaba en el silencio más profundo –recoge el libro de la Sabiduría–, ahí tu palabra bajó a la tierra» (Sb 18,14-15). Fue en la tranquilidad del portal, y no en el ajetreo de la posada, donde Dios se hizo niño. Frente al estilo de vida marcado por el estímulo constante, Jesús nos pide buscar el silencio y apartarnos del ruido.
Quizá un día nos ha ocurrido algo que nos ha contrariado. No acabamos de entender su sentido y nos marchamos a dormir inquietos o preocupados. En otras ocasiones sucederá lo contrario: llegamos a la noche satisfechos por cómo ha ido la jornada o gozosos con una alegría. De todo esto podemos meditar con el Señor en el tiempo de la noche, recorriendo con él los sentimientos que han ocupado nuestro corazón. Esos ruidos, problemas que no entendíamos, se transforman en una melodía al compás de otros sonidos de esa jornada. También lo que nos ha dado alegría adquiere un sentido más amplio: no es una buena nota aislada, sino que forma parte de la canción de nuestra entrega. Y esta es una melodía que no imponemos nosotros mismos según nuestras expectativas, sino que es fruto de escuchar en el silencio lo que Dios nos quiere decir.
Decía un filósofo que «toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación». El tiempo de la noche nos adentra en la habitación más profunda de nosotros mismos: aquella «adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma». Es decir, nos aleja de la superficialidad y abre «un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su palabra permanezca en nosotros, para que el amor a él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida».
Por eso, esta costumbre nos puede ayudar a crecer en el afán por vivir junto a Jesús. Al fin y al cabo, este es el tesoro por el que hemos vendido todo (cfr. Mt 13,44). El corazón necesita esa soledad para purificarse, para nutrirse de la única pasión que lo libera de las ataduras. Este ideal encuentra su expresión en la oración y en la Misa del día siguiente. Del mismo modo que nos ilusionamos humanamente cuando se acerca algo que llevamos tiempo esperando, en el tiempo de la noche podemos reavivar el deseo de llegar a esa doble cita con Dios. Un deseo que va más allá de las ganas que vienen y van: es una gracia que nos da el Señor y que informa nuestra existencia. De ahí que san Josemaría sintiera como una necesidad este momento: era la ocasión para alimentar el ideal que movía su vida, aquello que Dios había puesto en su corazón. Se trata, en definitiva, de la misma actitud de Jesús, que después de un día ajetreado ansiaba estar a solas con su Padre.
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Probablemente Jesús aprendería a valorar esos ratos de silencio en el hogar de Nazaret. En efecto, de san José no se recoge ninguna palabra en el Evangelio: era un hombre que daba más importancia a la escucha. Y gracias a esa actitud atenta supo reconocer la voz de Dios, por medio del ángel (cfr. Mt 1,20-24). María meditaba en su corazón todo lo que ocurría: tanto la maravilla que rodeó al nacimiento de su Hijo (cfr. Lc 2,19) como el no comprender la respuesta que le dio cuando lo encontró en el templo (cfr. Lc 2,51). Necesitaba paladear estos sucesos, descubrir la melodía que Dios estaba preparando con lo que le llenaba de gozo y con lo que no terminaba de entender. Jesús solo comenzará su vida pública después de treinta años oculto. Un tiempo de trabajo y de silencio, en el que fue creciendo «en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52).