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EL SILENCIO INTERIOR (4 de 6)
La nube lo cubrió
Jorge Mario Jaramillo
En otro momento clave de su diálogo con Dios, Moisés recibió las tablas de la Ley. La escena es tremenda y, a la vez, denota gran intimidad: «La gloria del Señor se posó sobre el monte Sinaí. La nube lo cubrió durante seis días; al séptimo el Señor llamó a Moisés de en medio de la nube. La gloria del Señor se manifestaba a los ojos de los hijos de Israel como un fuego devorador sobre la cima del monte. Moisés penetró dentro de la nube y subió a la montaña, y permaneció en la montaña cuarenta días y cuarenta noches» (Ex 24,16−18).
Esa nube, aparte de manifestar la gloria de Dios y ser figura anticipada de la presencia del Espíritu Santo, permitía un ambiente de recogimiento en el diálogo entre el profeta y su Creador. Esto nos muestra que para orar es necesario ejercitarse en algunas destrezas que faciliten la intimidad con Dios: amor al silencio, exterior e interior; constancia; y una disciplina de la escucha que permita percibir su voz.
A veces nos cuesta valorar el silencio y, si en la oración no oímos nada, tendemos a llenar el tiempo de palabras, lecturas, o incluso imágenes y sonidos. Pero es posible que, aunque obremos así con buena intención, de esa manera no logremos escuchar al Señor. Tal vez necesitamos una conversión al silencio, que es más que un mero callar. San Josemaría recogió un apunte durante el verano de 1932, posteriormente recogido en Camino, que muestra de modo gráfico cómo el diálogo con Dios siempre tendrá que pasar por esta ruta: «El silencio es como el portero de la vida interior».
Mientras los sonidos externos y las pasiones internas nos apartan de nosotros mismos, el silencio nos recoge y nos lleva a interrogarnos sobre nuestra propia vida. El activismo o la locuacidad en la oración no nos acercan a Dios, ni nos permiten tampoco una actividad profunda. Con la agitación no queda tiempo para recogerse, para pensar, para vivir en profundidad, mientras que el silencio —interior y exterior— nos conduce al encuentro con el Señor, a maravillarnos ante él. En efecto, la oración necesita un silencio que no sea meramente negativo, vacío, sino que esté lleno de Dios, que nos lleve a descubrir su presencia. Como apuntaba la beata Guadalupe: «Profundizar en ese silencio hasta llegar a donde solo está Dios; donde ni los ángeles, sin permiso nuestro, pueden entrar». Y allí, «adorar a Dios, alabarle y decirle cosas tiernas». Ese es el silencio que permite escuchar a Dios.
Se trata, en definitiva, de centrar nuestra atención —inteligencia, voluntad, afectos— en Dios, para dejarnos interpelar por él. Por eso, podemos hacernos las preguntas que sugería el Papa Francisco:
«¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con él sin prisas, y te dejas mirar por él? ¿Dejas que su fuego inflame tu corazón? Si no le permites que él alimente el calor de su amor y de su ternura, no tendrás fuego, y así ¿cómo podrás inflamar el corazón de los demás con tu testimonio y tus palabras?».