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21 noviembre 2027

EPÍLOGO

EPÍLOGO
Wenceslao Vial

Hemos visto algunos signos de la madurez sobre los que se edifica piedra a piedra nuestra vida. Los conceptos psicológicos han aparecido entrelazados a las virtudes, que dignifican al ser humano, pues lo hacen llegar a la plenitud. Si tomamos la imagen de una pirámide, diríamos que se crece armónicamente, sustentados en la fe. Con esta fe se recibe la confirmación de que somos criaturas, de que hay un Dios inteligente y amable que nos ha dado una misión en la vida. Y es esta la identidad más cierta que nos llena de alegría.

Se entiende ese comentario de un amigo: “qué suerte tienes de creer en Dios”. Mucha gente que no posee la fe se esfuerza por ser fiel y leales a sus compromisos familiares, de estudio o laborales. También ellos están en camino de madurez, porque actúan con responsabilidad. Las características de una personalidad madura se pueden encontrar en cualquier persona, y no son distintas de la madurez cristiana. El cristiano “corre” sin embargo con ventaja, pues tiene un modelo, Cristo, que lo favorece. No se queda sólo en la imagen que le ofrece un espejo, sino que mira a una persona e intenta parecerse a ella. En Jesús encuentra la roca firme en que apoyarse y las claves para descifrar los dilemas de su existencia, que incluyen el sufrimiento. Aspira a cantar como san Pablo: «he peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida» (2 Tm 4, 6-8). Sin fe en un futuro eterno, es más fácil dejarse llevar por los bienes aparentes, por chispas de placer, o caer en la desesperación.

En la construcción de la “pirámide”, surge luego el bloque central de la esperanza, indispensable para actuar con autonomía. Sólo la confianza de acabar una tarea nos predispone a buscar los medios y ponernos manos a la obra. Quien espera se lanza a la conquista del tiempo que tiene por delante, sin detenerse a rumiar el pasado. Somos capaces de tomar distancia de los sucesos, afrontarlos con menos drama y buen humor, sobreponiéndonos a las contrariedades. Si algo sale mal, recomenzamos y aprovechamos los “desastres”, como cuentan que hizo el cocinero de un emperador austriaco que había planeado el mejor de los postres y se encontró con una masa retorcida y quebradiza. Sin desanimarse echó mano a su inventiva y la sirvió mezclada con salsa de fruta. Tan alabado fue que su memoria llega hasta hoy en el conocido dulce Kaysershmarren.

Quien vive cara a Dios y espera en él da menos importancia al qué dirán, si hace algo mal admite la culpa y pide perdón. Reemplaza la vergüenza por el arrepentimiento y recomienza. Dispone también para ello del sacramento de la misericordia o confesión. Es capaz de tomar decisiones definitivas en su vida, como el matrimonio o una vocación de entrega total a Dios, y protegerlas aún en momentos de tormenta. Sabe que hay alguien a quien se puede dirigir, alguien que le quiere, a quien responder. Los cristianos no nos quedamos en un proyecto individual solitario, en una autonomía egoísta, absoluta e irreal, sino que «deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás».

En la cúspide de la “pirámide” situamos a la caridad. El amor a Dios y a los demás coronan el edificio de una existencia colmada, y permiten el amor a uno mismo, la sana autoestima que sirve de pauta y medida del amor a los demás. Desde etas alturas, se advierte con más claridad que el ambicioso proyecto de la madurez cristiana ―la santidad— es apertura y búsqueda del otro para hacerle partícipe de nuestra alegría: «Por su misma naturaleza, la vocación cristiana es también vocación al apostolado... De un miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, que no contribuya activamente según su condición al crecimiento de ese cuerpo, debe decirse que no aprovecha a la Iglesia ni a sí mismo».

Si desde la afinada cima del monumento la mirada se vuelve hacia el interior, se ven tantas cosas de valor y también las limitaciones; la vista traspasa cada piso y todo aparece en la perspectiva adecuada. La fe, la esperanza y la caridad llevan al abandono confiado unido al esfuerzo personal por adecuarse a Jesús como modelo. Se contempla la tierra, el cielo y sus estrellas, nuestro propio ser y la ley de Dios grabada en el corazón. Se entiende que la única autorrealización posible y que vale la pena es hacer el bien cara a Dios y a los demás. Lanzarse a volar.

Terminamos este recorrido por la personalidad madura de un cristiano, confiando en que lo dicho ayude a la estupenda tarea que tenemos por delante, hasta ser quienes somos... Así se expresaba san Josemaría: «Me veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado a volar solamente de árbol a árbol o, a lo más, hasta el balcón de un tercer piso..., un día, en su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de cierta casa modesta, que no era precisamente un rascacielos... Mas he aquí que a nuestro pájaro lo arrebata un águila ―lo tomó equivocadamente por una cría de su raza— y, entre sus garras poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto, por encima de las montañas de la tierra y de los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas, más arriba aun, hasta mirar de frente al sol... Y entonces el águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, ¡vuela!... ¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol ―Cristo— en la Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!».