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19 noviembre 2027

ORACIÓN Y MISIÓN (5 de 5)

ORACIÓN Y MISIÓN (5 de 5)
Diego Zalbidea

Almas animosas

Puede suceder que, con más frecuencia de la que pensamos, vivamos nuestra misión con una perspectiva que tiene poco en cuenta los tiempos y los modos de Dios. Aquello nos puede suceder, por ejemplo, cuando la aparente falta de frutos nos quita la paz o nos entristece. Quizá puede manifestarse en la poca audacia para emprender iniciativas nuevas o cuando nos apegamos a algunos modos de hacer que nos dan seguridad. No es difícil que, entonces, a veces surja en nosotros la tendencia a reprochar a los demás su falta de compromiso o a juzgar interiormente. Pero estas actitudes no son propias de un apóstol porque no son las actitudes que tuvo Cristo. Al contrario, como dice santa Teresa, «conviene mucho no apocar los deseos, pues Su Majestad es amigo de almas animosas». El verdadero apóstol lo es veinticuatro horas al día. Ha comprendido con profundidad su misión y de dónde proviene la eficacia. Sabe que Dios cuenta con su libertad y que, al mismo tiempo, todo depende de la gracia, que es un misterio. Sueña con lo que el amor de Dios puede hacer en el mundo y procura poner todo lo que está de su parte por hacerlo presente entre la gente que tiene cerca.

San Josemaría, después de hablar del título del librito que quería escribir, relataba las líneas generales de su naciente proyecto: «Sin estilo machacón, sin el tono pretencioso de quien pretende escribir máximas, anotaría tres o cuatro ideas madres con lenguaje afectivo, familiar, que sonasen como confidencias en los oídos». Esa es nuestra misión: ayudar a Cristo a remover y caldear los corazones. Algo que exige, más que ninguna otra cosa, un ambiente de afecto, de cercanía y, en una palabra, de amistad.
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Con la oración y con la mortificación nos liberamos de hacer solo nuestra misión y, en cambio, la sumamos a la de Cristo. Entendemos, por fin, su forma de salvar, su respeto exquisito de la libertad, su modo de invitar y su paciencia para esperar. Jesús nos libera de nosotros mismos para hacernos fecundos, felices, para que disfrutemos con su misión. Podemos acudir a la reina de los apóstoles, maestra de oración, para que nos ayude a disfrutar de esta inmensa alegría: «Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. –Y cómo logra».