Página inicio

-

Agenda

18 noviembre 2027

AGRADAR A DIOS. El apostolado de soñar

AGRADAR A DIOS
El apostolado de soñar
Diego Zalbidea

El Papa nos invita a «soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes». Soñar es gratis; pero, para hacerlo, también hace falta que demos prioridad a la oración. En ese sentido, la santa Misa tiene un lugar de excepción, porque nos da la posibilidad de introducirnos en la plegaria, en la entrega y en el agradecimiento de Jesucristo.

«En la Santa Misa hallamos el remedio para nuestra debilidad, la energía capaz de superar todas las dificultades de la labor apostólica. Convenceos: para abrir en el mundo surcos de amor a Dios, ¡vivid bien la Santa Misa! Para llevar a cabo la nueva evangelización de la sociedad, que nos pide la Iglesia, ¡cuidad la Santa Misa! Para que el Señor nos mande vocaciones con divina abundancia y para que se formen bien, ¡acudid al Santo Sacrificio!:

¡importunad un día y otro al Dueño de la mies, bien unidos a la Santísima Virgen, llenando de peticiones vuestra Misa!». Cuando estamos frente al altar es el momento ideal para soñar, para pedir sin cansarnos. Cuando rezamos con Cristo, cuando nos metemos en su oración, nos atrevemos nuevamente a lanzar la red en el mismo lugar donde tal vez ya hemos fracasado anteriormente, quizá porque aún trabajábamos solos.

El verdadero apóstol está centrado en su maestro: el solo hecho de trabajar en su viña, junto a él, es ya el mejor salario (cfr. Mt 20,1-16). Por eso, al invitar a otros para que se unan en su tarea, «insiste con ocasión y sin ella» (2 Tm 4,2), pero con la creatividad del amor que sugiere y que abre horizontes. Precisamente porque lo que desea es hacer felices a sus amigos, sabe no obligar. Y si algún día tiene que insistir, no está siendo pesado con los demás, puesto que no hace más que seguir el suave mandato de Cristo. El apóstol busca seguir el mismo estilo de un Dios enamorado pero respetuoso y delicado, enemigo de forzar ninguna conciencia; ese estilo es el que más atrae, el que más empuja.

Pero soñar en grande también significa poner en juego nuestros talentos: los que Dios nos ha dado. La primacía de la oración no lo llevaba a contraponerla a la acción. En efecto, sería tan equivocado pensar que todo depende de la acción como conformarnos con una oración que no nos moviera a hacer lo imposible por acercar a un alma a Jesús. De hecho, quizá esto segundo puede ser en ocasiones más difícil, porque conocemos bien nuestras resistencias y nuestra tendencia a la comodidad.

En todo caso, nuestro trabajo de apóstoles, incluso cuando nos sentimos «siervos inútiles», siempre da fruto (cfr. Lc 17,10), por la unión con Dios. Los frutos no se compran. No solo valen mucho más de lo que nunca podremos reunir, sino que ni siquiera están a la venta: son gratis y Dios los concede cuando quiere y como quiere, ya que «vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,8). Podríamos decir que los frutos se sueñan. Se sueñan con Dios.