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17 noviembre 2027

Oración y trabajo: la misma realidad

Oración y trabajo: la misma realidad
José María Álvarez de Toledo

El fundador del Opus Dei, en una de sus Cartas, escribía: «Parte esencial de esa obra –la santificación del trabajo ordinario– que Dios nos ha encomendado es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales». Por este motivo, a la hora de comentar el tiempo de trabajo de la tarde, san Josemaría sugería evitar la dispersión en muchas actividades sueltas e intensificar aquellas mortificaciones «que faciliten el cumplimiento intenso, fiel, acabado y amoroso de nuestro trabajo ordinario». Es decir, que la prioridad de esta costumbre es crear el ambiente propicio para desempeñar un buen trabajo, primera condición para santificarlo y poder ofrecérselo al Señor. «Una persona piadosa, con una piedad sin beatería, cumple su deber profesional con perfección, porque sabe que ese trabajo es plegaria elevada a Dios».

En este sentido, el esfuerzo por vivir el silencio puede ser un buen aliado para vivir el trabajo de la tarde y llevar a cabo con profesionalidad nuestra tarea. Ese silencio, en ocasiones, no consistirá tanto en la ausencia de ruidos externos, pues las circunstancias no siempre lo harán posible; se trata, sobre todo, de realizar nuestras ocupaciones con la serenidad y la concentración que cada oficio exige. «Muchas veces estamos haciendo un trabajo y cuando terminamos enseguida buscamos el móvil para hacer otra cosa, siempre estamos así. Y esto no ayuda, esto nos hace caer en la superficialidad. La profundidad del corazón crece con el silencio». La multitarea, la prisa y la búsqueda de estímulos que distraigan nos llenan de un ruido interno que nos dificultan trabajar bien y, por tanto, santificarnos con ese trabajo. En cambio, dirigir toda nuestra atención a lo que tenemos entre manos, sabiéndonos mirados con amor por el Señor en cada momento, facilitará que con nuestro trabajo podamos dar gloria a Dios.

El espíritu contemplativo –el deseo de convertir en oración todo nuestro día– no nos aparta de las propias responsabilidades. Más bien nos impulsa a realizar bien cada tarea concreta por amor a Dios y servicio a los demás. Así es como esa ocupación, que humanamente puede pasar desapercibida, adquiere un sentido divino, de eternidad, pues se entra en diálogo con el Señor. San Josemaría solía repetir que él no distinguía «entre la oración y el trabajo: todo es contemplación y apostolado». Y don Álvaro, comentando esta idea, decía que nuestro fundador «no sabe cuándo reza y cuándo trabaja, porque para él las dos cosas están en el mismo plano y se confunden en una sola».

Vivir de este modo el tiempo de trabajo de la tarde será, por así decir, un buen campo de entrenamiento para extender ese espíritu contemplativo las veinticuatro horas del día. Así, cualquier tarea «no nos quita el pensamiento de Dios: nos refuerza el deseo de hacerlo todo por él, de vivir por él, con él, en él». Incluso cuando este tiempo no lo dedicamos propiamente al trabajo –pues quizá ya hemos terminado nuestra jornada o etapa laboral o bien es un día de descanso–, podemos llevar a cabo cualquier actividad buscando el silencio interior y un recogimiento contemplativo. Así preparamos el terreno para la oración de la tarde de ese día, de manera que podamos llegar sin mucha agitación interior y con la cabeza y el corazón en el Señor, a quien hemos procurado dirigirnos las horas precedentes.

Por eso, la oración mental será, a fin de cuentas, una prolongación del diálogo que hemos mantenido con el Señor durante todo el día y, de manera más intensa, durante el tiempo de la tarde. Gracias a esos ratos de meditación «sabremos convertir nuestra jornada, con naturalidad y sin espectáculo, en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman».