-
EL SILENCIO INTERIOR (3 de 6)
«Quítate las sandalias de los pies»
Jorge Mario Jaramillo
Al finalizar unos días de retiro espiritual, la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri escribía a san Josemaría: «De mi trato íntimo con Dios, de mi oración, etc., ya le he hablado otras veces: cuando pongo un poco de mi parte el Señor me lo hace fácil y me rindo del todo». La iniciativa de la oración viene de Dios; el diálogo con él es un don. Pero precisamente por eso no es algo meramente pasivo: para recibir la gracia se necesita, de alguna manera, querer recibirla.
Aparte de ponerse en modo receptivo, ¿qué más se puede hacer para tener una vida de oración intensa? Un buen comienzo puede ser darnos cuenta de ante quién estamos, respondiendo con una actitud de reverencia y de adoración. En su diálogo con Moisés el monte Horeb, dijo Dios: «“No te acerques aquí; quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada”. Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro por temor a contemplar a Dios» (Ex 3,5−6).
Quitarse las sandalias y cubrirse el rostro fue la respuesta del más grande profeta del pueblo de Israel en su primer encuentro con Dios. Con esos gestos expresaba su conciencia de estar ante el Dios trascendente. Algo parecido podemos hacer nosotros cuando nos acercarnos a Jesús en el sagrario, en actitud de adoración. Durante una vigilia de oración ante Jesús sacramentado, Benedicto XVI hablaba de cómo adorar: «Aquí, en la Hostia consagrada, él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cfr. Jn 12,24). Está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a la peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación, y pidámosle a él que nos guíe».
La actitud de adoración puede manifestarse en nuestra oración de distintos modos. Ante el Santísimo, por ejemplo, nos arrodillamos, como un signo de nuestra pequeñez ante Dios. Y cuando, por diversas circunstancias, no es posible rezar ante el Santísimo, podemos realizar actos equivalentes como mirar al interior de nuestra alma para descubrir allí al Señor, y poner el alma de rodillas, recitando con calma cada palabra de la oración inicial o de otra oración que nos recuerde que estamos en su presencia.