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14 noviembre 2027

ALCANZAR LA IDENTIDAD. Una identidad sobrenatural

ALCANZAR LA IDENTIDAD
Una identidad sobrenatural
Carlos Ayxelà

Todo lo que hacemos, la alimentación, el trabajo, las relaciones familiares y sociales, lleva el sello de lo humano, con notables similitudes en las más variadas razas y culturas. Solo el ser humano logra transformar sus acciones en gestos llenos de sentido. En él brilla la belleza de un cuerpo y su lenguaje, que protege con pudor, signo de identidad y espacio de libertad. Solo él convierte los instintos en tendencias, pues conoce la finalidad de sus impulsos y es capaz de dominarlos No se deja arrastrar por fuerzas ciegas, sino que las gobierna con su inteligencia y voluntad. Solo al hombre y a la mujer los hizo Dios a su imagen y semejanza: los hizo personas. Quiso que recibieran educación y maduraran poco a poco; quiso, sobre todo, hacerlos participar de su intimidad: construir, sobre los fundamentos humanos, una identidad sobrenatural.

Esta identidad no aísla, sino que se forma con los demás y hacia los demás, nos lleva a olvidarnos de nosotros y a mirar hacia afuera. Lo vemos en el bebé que, a los pocos meses, ya no se preocupa solo de su dedo: reconoce el rostro de la madre, sonríe; más adelante descubre que no es el único “rey” en el mundo; deja de reclamar todo y de decir “mío, mío”… El adolescente aprende que no puede exigirlo todo; si quiere que sus padres le compren una bicicleta, espera… y tal vez se porta mejor antes de su cumpleaños. Aprende así el valor de la espera, que le prepara para la verdadera espera, llena de optimismo: la esperanza cristiana. Asoman progresivamente una serie de características espirituales Nos damos cuenta de que la libertad no implica solo capacidad de elegir, sino también responsabilidad: algo o alguien pide de nosotros una respuesta. El cultivo de la propia personalidad no consiste entonces primariamente en completarse a uno mismo, sino en desarrollar nuestra apertura a los demás y en potenciar todo lo que podemos aportarles. La tarea inicia en el hogar, en la familia, «donde reina una básica y cariñosa confianza, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar de todo»; donde cada uno y cada una sabe quién es y qué puede hacer por los demás.

El asombro ante un diseño tan especial sale al encuentro de la pregunta por el sentido de la existencia: ¿Quién soy? Nuestra identidad frágil de criaturas descansa en la identidad plena que solo Dios posee. Lo entendieron bien nuestros primeros hermanos en la fe: «los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo».