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ORACIÓN Y MISIÓN (4 de 5)
Diego Zalbidea
El apostolado de soñar
El Papa nos pide «soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes». Soñar es gratis pero, para hacerlo, también hace falta que demos prioridad a la oración. En ese sentido, la santa Misa puede ser el lugar idóneo ya que se trata de la inmensa posibilidad que tenemos de introducirnos en la plegaria, en la entrega y en el agradecimiento de Jesucristo.
El beato Álvaro nos recuerda esta gran oportunidad, ya que «en la Santa Misa hallamos el remedio para nuestra debilidad, la energía capaz de superar todas las dificultades de la labor apostólica. Convenceos: para abrir en el mundo surcos de amor a Dios, ¡vivid bien la Santa Misa! Para llevar a cabo la nueva evangelización de la sociedad, que nos pide la Iglesia, ¡cuidad la Santa Misa! Para que el Señor nos mande vocaciones con divina abundancia y para que se formen bien, ¡acudid al Santo Sacrificio!: ¡importunad un día y otro al Dueño de la mies, bien unidos a la Santísima Virgen, llenando de peticiones vuestra Misa!». Cuando estamos de frente al altar del santo sacrificio es un momento ideal para soñar, para pedir sin cansarnos. Cuando rezamos con Cristo —y eso es lo que hacemos en la santa Misa— nos atrevemos nuevamente a lanzar la red en el mismo lugar donde tal vez ya hemos fracasado anteriormente, cuando trabajábamos solos.
El verdadero apóstol está centrado en su maestro y el solo hecho de trabajar en su viña, junto a él, es ya el mejor salario (cfr. Mt 20,1-16). Por eso, al invitar a otros para que se unan en su tarea, el apóstol ciertamente «insiste con ocasión y sin ella» (2 Tm 4,2), pero lo hace con la creatividad del amor que sugiere y que abre horizontes. Precisamente porque lo que desea es hacer felices a sus amigos, no les obliga. Si algún día tenemos que insistir, no estamos siendo pesados con los demás, puesto que no hacemos más que seguir el suave mandato de Cristo. El apóstol busca seguir el mismo estilo de un Dios enamorado pero respetuoso y delicado, enemigo de forzar ninguna conciencia; ese estilo es el que más atrae, el que más empuja.
San Josemaría también invitaba a la gente que le rodeaba a soñar en grande porque sabía que, cuando lo hacemos, nos encendemos, se enciende un fuego que nos da ánimos para poner en juego nuestros talentos. Por eso, nos equivocaríamos si contraponemos oración y acción. Sería igual de erróneo pensar que todo depende de la acción, como conformarnos con una oración que no nos moviera a hacer lo imposible por acercar a un alma a Jesús. Quizá esto segundo puede ser en ocasiones más difícil porque conocemos bien nuestras resistencias y nuestra tendencia a la comodidad. Sin embargo, nuestro trabajo de apóstoles, incluso cuando nos sentimos «siervos inútiles», siempre da fruto (cfr. Lc 17, 10).
Los frutos, pues, no se compran. No solo valen mucho más de lo que nunca podremos reunir, sino que ni siquiera están a la venta: son gratis y Dios los concede cuando quiere y como quiere, ya que «vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,8). Podríamos decir que los frutos se sueñan. En ese sentido, el principal fruto de la oración y de la mortificación se queda en nosotros. La relación con Jesús que puede surgir de ese abandono en él nos libera de la tentación de pensar que todo depende de nosotros.