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11 noviembre 2027

AGRADAR A DIOS. Para que sean felices

AGRADAR A DIOS
Para que sean felices
Diego Zalbidea

Poco antes de abandonar uno de sus refugios durante la guerra civil española, san Josemaría hacía un rato de oración en voz alta con quienes lo acompañaban. Les contó un proyecto que llevaba muy adentro: deseaba escribir, cuando fuera posible, un pequeño librito que titularía Tratado de la felicidad o, simplemente, De la felicidad. Y les leyó un boceto del inicio: «Jesús y yo queremos que seas feliz, aquí y en el otro mundo». Aunque ese libro no llegó a ver la luz, ese comienzo vale la pena por sí solo. Así podría definirse nuestra misión como apóstoles: felices con Jesús, tratando de hacer felices a los demás.

Cristo desea que seamos canales de su gracia, de sus milagros; al llamarnos a su barca nos ha regalado la sed de su corazón. Todos tenemos, gracias al bautismo, alma sacerdotal, es decir, la capacidad de ser mediadores; nos ha enviado para dar fruto y para que nuestro fruto dure (cfr. Jn 15,16). Y justamente eso es lo que significa disfrutar: percibir o gozar los productos y utilidades de algo. En este caso, gozar dando fruto. Si alguna vez tendemos a fijarnos sobre todo en las dificultades, será la hora de descubrir que el protagonista es el Espíritu Santo. Es el tiempo de la oración y del sacrificio, que podrían parecer poco eficaces, pero en realidad son el remedio de los males más profundos. Otras veces, en cambio, sí veremos el fruto de nuestros esfuerzos y nos llenaremos de acciones de gracias. En ambos casos Dios quiere que gocemos de nuestra misión, que la saboreemos, que paladeemos su amor por las almas.

Cuando rezamos nos vamos llenando poco a poco de la locura del corazón de Dios: la que lo movió a abajarse hasta hacerse uno como nosotros; la que lo llevó a Belén y que lo condujo a la cruz; la que lo mantiene en el sagrario esperándonos. «El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer». Lleno de ese fervor, el apóstol se lanza a la aventura de compartir su experiencia, de compartir la felicidad de Dios: la felicidad de un creador arrebatado por el frágil cariño de sus criaturas. Es tan sencillo acompañarle, perseverar junto a él… bastan la oración y el sacrificio: es algo asequible, al alcance de cualquier fortuna.