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El silencio de un alma contemplativa: El tiempo de la tarde y de la noche
José María Álvarez de Toledo
Acaba de llegar a oídos de Jesús la noticia de la muerte de su primo Juan el Bautista. Está dolido y busca alejarse «hacia un lugar apartado él solo» (Mt 14,13). Sin embargo, al ver la gran muchedumbre que le sigue, se llena de compasión. Decide entonces cambiar de planes. Además de curar a los enfermos, realiza la multiplicación de los panes y de los peces, para que la gente no vuelva hambrienta a sus casas. Solo al final de la tarde, después de despedir al último de los presentes, encuentra ese momento de intimidad con su Padre que tanto deseaba. El evangelista señala que incluso «cuando se hizo de noche seguía él solo allí» (Mt 14,23).
Esta actitud del Señor «nos indica que necesitamos detenernos, vivir momentos de intimidad con Dios, “apartándonos” del bullicio de cada día, para escuchar, para ir a la raíz que sostiene y alimenta la vida». Es un recogimiento que va más allá del lógico descanso después de una atareada jornada; se trata, más bien, del deseo de entrar en diálogo exclusivo con su Padre.
También san Josemaría sentía la necesidad de esa «bendita soledad» para alimentar su vida espiritual. Por eso concretó que en la Obra se viviera la costumbre del tiempo de la noche y del tiempo de trabajo de la tarde: dos momentos para «recoger los sentidos y potencias –que andaban quizá dispersos en las otras ocupaciones–, y así centrarlos en un diálogo íntimo con el Huésped divino que habita en el santuario del corazón». En el tiempo de la tarde, esa conversación se dirigirá más bien al cumplimiento del trabajo hecho por amor al Señor y a los demás; el de la noche, en cambio, estará más enfocado a hablar con Dios de nuestra jornada y a reavivar el deseo de recibirle en la Comunión el día siguiente.
Ciertamente, el modo en que se viven estas dos costumbres dependerá de las circunstancias de cada uno, como pueden ser el ritmo de su propio hogar, el lugar donde reside o el tipo de trabajo que realiza. De hecho, nos puede suceder, como a Jesús, que tengamos que interrumpir ese recogimiento ante las necesidades de los demás: un hijo que merece especial atención, un hermano que necesita conversar para desconectar o desahogarse, un desplazamiento con un grupo de colegas, un amigo que nos busca… Por eso, no siempre será posible lograr el silencio exterior. Sin embargo, siempre podemos cultivar el deseo, propio de una persona enamorada, de establecer un diálogo íntimo con el Señor, tratando de sentirnos acompañados por él en medio de las ocupaciones y con ocasión del encuentro de las personas que pone a nuestro lado. «Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos –decía san Josemaría–: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura».