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EL SENTIDO CRISTIANO DEL SACRIFICIO (2 de 3)
Gonzalo de la Morena – Carlos Ayxela
«Entonces ya ayunarán»
«¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán» (Mt 9,15). Estas palabras un tanto misteriosas de Jesús anuncian detalles importantes sobre el estilo de vida de sus discípulos. Por un lado, Él ha venido al mundo para quedarse, y ha venido a traer la alegría, la vida «en abundancia» (Jn 10,10): no solo no le molesta que disfrutemos de la vida, sino que se alegra de vernos sanos y felices. Por otro, mientras dure la historia se notará la ausencia de Dios allí donde los hombres prefieren las tinieblas de su egoísmo a la luz de su amor (cfr. Jn 3,19-21). Y ese lugar es siempre, de entrada, el corazón de cada uno. En nuestro corazón, en nuestras relaciones, en nuestras casas, es necesario hacer espacio a Dios, porque nuestro yo tiende a ocuparlo todo. Y donde reina el yo, falta la paz y la alegría.
El ayuno es una de las formas que ha tomado desde el principio el combate de los cristianos para hacer espacio a Dios en sus vidas, porque el Señor mismo ayunaba (cfr. Mt 4,2) y nos exhortó a hacerlo, poniendo buena cara (Mt 6,16-18). El ayuno significa renunciar de una manera muy concreta, muy palpable, a nuestra tendencia a dominar y a disponer sobre las cosas. Por esta práctica, que nos alcanza en algo tan fundamental como la alimentación para la subsistencia, nos movemos «desde la tentación de “devorar” todo para saciar nuestra codicia hacia la capacidad de sufrir por amor, que puede llenar el vacío de nuestro corazón». San Josemaría decía que el ayuno es una «penitencia gratísima a Dios»; aunque, añadía, «entre unos y otros, hemos abierto la mano». En efecto, si uno se limitara estrictamente a las disposiciones mínimas en esta materia, podría acabar por ayunar muy poco. De ahí que la Iglesia, como una buena madre, deje gran margen para la generosidad y para el crecimiento espiritual de cada uno, atendiendo también a la salud del cuerpo.
La lógica del ayuno, marcada por este deseo de que Dios crezca y que yo —con mi egoísmo, con mi afán de imponerme— disminuya (cfr. Jn 3,30), permite entender el sentido de tantas otras privaciones voluntarias: sacrificios que, aunque parecen empequeñecer la vida, de hecho la ensanchan; la hacen más libre. Al renunciar voluntariamente a ciertas cosas buenas, vamos grabando en nuestro corazón la convicción de que «solo Dios basta». Nos protegemos así de la idolatría, que «no presenta un camino, sino una multitud de senderos que no llevan a ninguna parte y forman más bien un laberinto». Quien no sabe renunciar a nada acaba por verse sujeto a todo, «obligado a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: “Fíate de mí”»; quien se atreve a hacerlo, en cambio, «se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios».
Desde ese punto de vista, existen muchas formas posibles de «ayuno» o de renuncia. Con tal de que las escojamos de corazón, y no por un frío sentido del deber, todas ellas nos pueden hacer más libres, «libres para amar». Un ayuno digital intermitente, por ejemplo, por el que dejamos de lado el móvil en algunos momentos del día, nos permite mejorar nuestras relaciones interpersonales y sostener conversaciones más auténticas, a salvo de distracciones que intoxican. El hecho de renunciar a disponer inmediatamente de todo con unos pocos movimientos del dedo —informaciones, productos, experiencias— nos libera de una tendencia a poseer o consumir que acaba por dejarnos vacíos. Prescindir de un servicio o escoger a veces algo menos cómodo o agradable nos ayuda a disfrutar de lo sencillo y nos fortalece frente a las contrariedades, que no faltan en la vida de nadie. Evitar que nuestra atención se disperse durante el trabajo nos permite hacer de él un verdadero servicio, y gozar con los resultados. Renunciar a ratos libres para ocuparnos de un enfermo o de alguien que necesita ayuda nos ensancha el corazón e impide que se endurezca; nos enseña incluso a convivir con nuestra propia imperfección y fragilidad.
También en esta lógica de libertad del corazón —libertad de los hijos de Dios (cfr. Rm 8,21)— se inscriben distintas costumbres de mortificación del cuerpo y de la sensibilidad, que han ido adoptando formas varias entre los cristianos a lo largo de la historia. Como el ayuno, estas prácticas responden a la convicción de que es necesario rezar también con el cuerpo, y de que se hace inevitable una cierta lucha por reintegrar las distintas esferas de nuestra persona. Así, cuando un cristiano trata su cuerpo o sus sentidos con más exigencia, no lo hace porque vea en ellos algo malo o sospechoso, sino porque percibe la tendencia de su corazón a dispersarse en mil direcciones, y sobre todo el coste real de esa dispersión: la incapacidad de amar. O más aún, porque siente el deseo, manso y humilde, de asociarse al sufrimiento de Jesús en su pasión. San Pablo habla de llevar la muerte del Señor en nuestro cuerpo, para resucitar con él (cfr. 2Cor 4,10); y a ese recorrido, a esa pascua, obedecen también este tipo de sacrificios. Es verdad que a veces se pueden haber prestado a excesos, y también a la incomprensión de quienes no conciben que se pueda sufrir para que Jesús viva en nosotros. Sin embargo, entre quienes por un lado exageran y quienes por otro se escandalizan, se alza la serenidad, la sencillez y la libertad de espíritu con la que muchos cristianos expresan, también de este modo, su amor a Jesús: «corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!».