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AGRADAR A DIOS
Pureza de corazón
Diego Zalbidea
Jesús ha sido invitado de nuevo a comer. Su anfitrión había insistido mucho en que acudiese: le ilusionaba agasajarlo con un banquete especial. Pero algo inesperado está a punto de truncar la celebración: una mujer que no había sido invitada aparece en la sala. Se muda el rostro de Simón el fariseo, dueño de la casa. La situación es incómoda. Jesús, en cambio, parece como si la hubiera estado esperando, porque sus ojos se han iluminado al verla. Ciertamente, conoce el alma de esta mujer mejor que ella misma; conoce el dolor que llena su corazón. Sabe que, buscando el amor, ha recorrido caminos equivocados; sabe que ha surcado barrancos y precipicios.
La delicadeza con que la mujer unge sus pies, con perfume, con lágrimas y con besos, emocionan a Jesús. Y trata de hacérselo ver de modo gráfico a Simón, que, aun estando a pocos metros, observa la escena desde lejos: desde demasiado lejos. «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?». Esta mujer ha aprendido a amar dejándose perdonar. Ahí reside su verdadera grandeza: Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho» (Lc 7,41−46).
Nunca había sido tan fácil
Esta mujer siente, quizá por primera vez, el gozo de ser respetada. La mirada de Jesús es diferente a la de las demás personas. Se da cuenta de que ante él no necesita ponerse a la defensiva. Nunca ha visto unos ojos que se adentren tanto en su corazón; nunca ha sido tan fácil lograr que la quieran. Se cumple en ella la bienaventuranza que Jesús ha prometido a quienes se dejan limpiar el corazón (cfr. Mt 5,8). Lo está aprendiendo rápidamente del maestro, y percibe ya los efectos curativos: «Todas las criaturas se vuelven límpidas cuando se las mira a través de la Faz del más bello y más blanco de los lirios». Ella, de algún modo, consigue experimentar esa libertad con que Jesús la ama; consigue experimentar ese cariño que no necesita ser forzado ni atrapado con trucos.
Durante años, esta mujer había despilfarrado los talentos que Dios le había regalado. Ahora se encuentra ante la posibilidad clara de un nuevo inicio. Ahora puede ser la mujer sensible que en el fondo ha sido siempre: fuerte y vulnerable, serena y apasionada a la vez. Tras un tiempo intentando ser otra, puede ser de nuevo ella misma. Porque la impureza que se había apoderado de su corazón es, en efecto, una de las formas de inautenticidad del amor: vivir pensando que no nos querrán por ser quienes verdaderamente somos. Vivir aparentando, y vendiendo esa apariencia, esperando ser queridos así. Pero como en realidad el amor no tiene precio, cuando se entra en este chantaje, antes o después la apariencia se esfuma y nos quedamos con el regusto de habernos engañado; de haber utilizado a los demás, y de habernos dejado utilizar.