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6 octubre 2027

El lugar del encuentro

El lugar del encuentro
Carlos Ruiz Montoya

«Habla, habla con el Señor: “Que me canso, Señor, que no puedo más. Señor, que esto no me sale; ¿cómo lo harías?”» (San Josemaría).

Ser famoso no es nada sencillo: la gente te busca por todas partes, y a veces no tienes modo de esconderte para gozar de un poco de calma. A Jesús le sucedía con frecuencia. De ahí que en ocasiones evitara las ciudades o se retirara con sus apóstoles a lugares donde era menos conocido, aunque eso no funcionaba siempre. Como cuando fueron a Fenicia, a la región de Tiro y Sidón, esperando pasar desapercibidos…

Una corriente de mutua confianza

En el entorno de esas ciudades, se encuentran con una mujer sirofenicia, que estaba sufriendo mucho por causa de su hija, poseída por un demonio especialmente nocivo. Esta madre necesita ayuda, y ha oído hablar de Jesús, de modo que se pone a pedir a gritos al Señor que tenga compasión de ella. Pero Jesús, nos dice el Evangelio, «no le respondió palabra» (cfr. Mt 15,21-23).

Los discípulos no acaban de entender cómo Jesús puede hacer oídos sordos a una petición tan insistente. Al cabo de un rato se le acercan y le dicen: «Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros». Pero el Señor no solo no accede a su petición, sino que parece rechazarla de lleno: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». La madre, llena de dolor y de amor por su hija, no se desanima. Se echa al suelo ante Jesús, deteniendo su marcha. No está dispuesta a que el Señor pase de largo: «¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,23-25).

El dramatismo de la situación quizá hace pensar a los apóstoles que, ahora sí, Jesús va a atenderla. Sin embargo, la contestación resulta aún más sorprendente e inesperada. Estando ella aún postrada en el suelo, le dice Jesús: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos». La mujer tampoco se desanima ante esta negativa. En su réplica no hay enfado, ni despecho, sino una profunda humildad: «Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15,26-27).