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MAESTROS Y COMPAÑEROS DE ORACIÓN (3 de 6)
María ora también en el dolor o en el desánimo
Carlo de Marchi
Sin embargo, la Virgen ora también en momentos de oscuridad, cuando están presentes el dolor o la aparente falta de sentido. Nos enseña, de esa manera, otra actitud fundamental de la oración cristiana, expresada de manera concisa pero luminosa en el relato de la muerte de Jesús: «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre» (Jn 19,25). María, abrumada por el dolor, simplemente está. Ella no pretende salvar a su Hijo ni tampoco resolver la situación. No la vemos pedir cuentas a Dios por lo que no entiende. Solo procura no perderse ni una sola de las palabras que, con un hilo de voz, Jesús pronuncia desde la Cruz. Por eso, al recibir una nueva misión la acepta sin demora: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Entonces dijo al discípulo: “¡He ahí a tu madre!”» (Jn 19,26−27). María está en manos de un dolor que, para muchos, es el más terrible que una persona puede experimentar: presenciar la muerte de un hijo. Sin embargo, mantiene la lucidez que le permite aceptar esta nueva llamada para acoger a Juan como hijo suyo y, con él, a nosotros, a los hombres y mujeres de todos los tiempos.
La oración dolorosa es ante todo un estar junto a la propia cruz, amando la voluntad de Dios; es saber decir sí a las personas y a las situaciones que el Señor pone a nuestro lado. Orar es ver la realidad, aunque parezca particularmente oscura, partiendo de la certeza de que siempre hay un don en ella, de que siempre está Dios detrás. Así podremos ser capaces de acoger a las personas y las situaciones repitiendo como María: «Aquí estoy» (Lc 1,38).
Por último, en la vida de la Virgen descubrimos otro estado de ánimo en el que ora, distinto al de la oscuridad del dolor. Vemos a María, junto a su esposo José, rezar también en un momento de angustia. Un día, mientras regresan de su peregrinación anual al Templo de Jerusalén, advierten la ausencia de su hijo de doce años. Deciden volver en su búsqueda. Cuando finalmente lo encuentran conversando con los maestros de la ley, María pregunta: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos» (Lc 2,48). También nosotros, muchas veces, nos podemos sentir angustiados cuando nos asalta una sensación de insuficiencia, de incumplimiento o de estar fuera de lugar. Nos puede parecer, entonces, que el camino no es como esperábamos. Podemos llegar a pensar que el mundo está equivocado: la vida, la vocación, la familia, el trabajo… Los planes y sueños del pasado nos parecen ingenuos. Es reconfortante saber que María y José pasaron por esta crisis y que ni siquiera su angustiosa oración tuvo una respuesta clara y tranquilizadora: «¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo» (Lc 2,49−50).
Orar en esos momentos de angustia no nos asegura, pues, encontrar soluciones fáciles y rápidas. ¿Qué hacer entonces? La Virgen nos enseña el camino: permanecer fieles a nuestra propia vida, volver a la situación normal y redescubrir la voluntad de Dios incluso cuando no la entendemos del todo. Y también, como María, conservar todos estos eventos misteriosos y a veces oscuros en el corazón, meditándolos, es decir, observándolos con una actitud de oración. De este modo, poco a poco percibiremos de nuevo la presencia de Dios; experimentaremos que Jesús crece en nosotros y vuelve a hacerse visible (cfr. Lc 2,51−52).