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4 octubre 2027

LA FELICIDAD QUE NADA PUEDE QUITAR. La felicidad indestructible

LA FELICIDAD QUE NADA PUEDE QUITAR (3 de 3)
La felicidad indestructible
Julio Diéguez

Estas enseñanzas quedaron muy grabadas en las mentes de los apóstoles y de los discípulos más cercanos. Por eso, años después, inspirados por el Espíritu Santo, las consignaron en los Evangelios. También ellos se sorprenderían al escucharlas, pero ya entonces tenían confianza en Jesucristo; una confianza que quizá era solo incipiente y se fue desarrollando más adelante. Cuando tenemos esa actitud, cuando verdaderamente creemos que Dios quiere que seamos felices y sabe qué es lo que nos ayudará a conseguirlo, ya no despreciamos estos consejos como incomprensibles, sorprendentes o difíciles. Más bien pedimos ayuda al Señor para entender mejor lo que significan y lo que me sugieren para mi vida de hoy.

Jesús nos está diciendo: «Tendencialmente, vas a buscar la felicidad en las riquezas, en la posesión, en los placeres, en los honores, en las alabanzas, en el dominio sobre los demás... Pero todo eso, incluso si lo alcanzas, te dejará vacío».

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). El Señor sabe lo fácil que es dejarse llevar por la impresión de que cuanto más tenemos más felices somos. Él conoce que necesitamos bienes materiales, pero quiere que nuestra felicidad no dependa de eso. Desea que tomemos distancia de las cosas, para que no nos descentren de lo importante: la presencia de Dios y su amor en nuestra vida.

También cuando afirma: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8) nos invita a identificar nuestra mirada con la suya y a formar una interioridad que nos ayude a dirigir nuestros pensamientos y afectos al Señor. Si, en cambio, pensásemos en esa limpieza como un peso, nos limitaríamos a combatir tentaciones e impulsos desordenados; pero una lucha así acaba haciendo sufrir. Por eso, nos ilumina el consejo del Señor:

¡Deja que transforme tu mirada! ¡Apunta a lo más alto, a lo grandioso! Es ahí donde descubrirás una felicidad más sólida y duradera.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados» (Mt 5,6). Jesús nos impulsa a desear la santidad, pero también a que aprovechemos las ocasiones en que la justicia parece faltar, para apoyarnos en Dios y no en la seguridad de que las cosas sean como deberían ser.

A simple vista, puede parecer que el hambre de justicia tiene poca relación con la vida de la mayoría de los oyentes, o con la nuestra, que tal vez no sufrimos grandes injusticias. Pero quizá podemos pensar que Jesús también se refiere aquí a esas injusticias de andar por casa. A todo aquello que, cuando sucede, nos hace pensar: esto no debería ser así. El mal tiempo que arruina un plan que nos ilusionaba, un dolor de cabeza, una avería inoportuna, un cambio de planes, una corrección que recibimos en un momento que nos parece menos favorable, un trabajo que por la negligencia de un colega nos toca a nosotros enfrentar, la actitud de alguien que parece no tenernos en cuenta…

Esa hambre de justicia, esa experiencia de que la vida no nos trata como pensamos merecer, es una ocasión para anclarnos en lo realmente importante. Por supuesto, las contrariedades nos afectarán siempre, pero si nos fiamos de esta enseñanza de Jesucristo, llegará el momento en que no tendrán fuerza para quitarnos la alegría, porque habremos aprendido a estar centrados en él y a comprender que esas dificultades no nos roban necesariamente los dones más importantes que tenemos, habremos aprendido a vivir en el amor de Dios, que nunca nos va a faltar.

«Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria!».

La sorpresa de los oyentes –la nuestra– se cambia entonces en alegría y en el deseo de aprovechar toda circunstancia para permanecer cada vez más en el amor de Dios y a verle en lo que la vida nos ofrece: «El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero os pide que confiéis en él».