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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (3 de 4)
Dios nos ama libremente
Diego Zalbidea
¿Por qué nos cuesta comprender la lógica de Dios? ¿No hemos podido ver, tantas veces, hasta dónde está dispuesto a llegar Dios Padre para conseguir hacernos felices? ¿No es verdad que Jesús se ciñe la toalla ante los apóstoles y les limpia los pies?
En palabras de san Pablo, Dios no perdonó a su propio Hijo para hacernos posible la felicidad para siempre (cfr. Rm 8,32). Ha querido amarnos con el Amor más grande, hasta el extremo. Sin embargo, a veces, nosotros continuamos pensando que Dios nos amará en la medida en que estemos a la altura, o seamos capaces de dar la talla. No deja de ser paradójico. ¿Necesita un niño pequeño hacerse merecedor del amor de sus padres? Quizá es más bien a nosotros mismos a quienes estamos buscando con tanta preocupación por merecer. Nos puede la inseguridad, la necesidad de buscar puntos de referencia estables, fijos, y pretendemos encontrarlos en nuestras obras, en nuestras ideas, en nuestra percepción de la realidad.
En cambio, nos basta mirar a Dios, Padre nuestro, y descansar en su Amor. En el Bautismo de Jesús y en su Transfiguración, la voz de Dios Padre refiere que se complace en su Hijo. Nosotros también hemos sido bautizados y, por su Pasión, participamos de su vida íntima, de sus méritos, de su gracia. Eso hace que Dios Padre pueda mirarnos complacido, encantado. La Eucaristía nos transmite, entre otras cosas, un mensaje muy claro sobre lo que Dios siente por nosotros: tiene hambre de estar junto a cada uno, ilusión por esperarnos el tiempo que sea preciso, deseos de intimidad y amor correspondido.