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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (4 de 7)
En las encrucijadas del mundo
Lucas Buch
«Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Co 9,16). Estas palabras de san Pablo son un reclamo continuo para la Iglesia. De igual modo, su conciencia de haber sido llamado por Dios para una misión es un modelo siempre actual: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada» (1 Co 9,17). El apóstol de las gentes era consciente de haber sido llamado para llevar el nombre de Jesucristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hch 9,15), y por eso tenía una santa urgencia por llegar a todos ellos.
Cuando, en su segundo viaje, el Espíritu Santo le condujo a Grecia, el corazón de Pablo se dilataba y se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, que se habían quedado en Berea, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar —como solía— a la sinagoga. Pero le pareció poco, y en cuanto pudo fue también al ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19). Y así, en el areópago de Atenas, donde se daban cita las corrientes de pensamiento más actuales e influyentes, Pablo anunció el nombre de Jesucristo.
Como el apóstol, también nosotros «estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidad: cogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32], 11)»6. Es natural que en muchos fieles cristianos nazca el deseo de llegar a aquellos lugares que «tienen gran incidencia para la configuración futura de la sociedad»7. Hace dos mil años, eran Atenas y Roma. Hoy, ¿cuáles son esos lugares?
¿Hay en ellos cristianos que puedan ser en ellos «el buen olor de Cristo» (2 Co 2,15)? Y nosotros, ¿no podríamos hacer algo por acercarnos a aquellos lugares, que a menudo no son ya ni siquiera lugares físicos? Pensemos en los grandes espacios en que muchas personas toman decisiones importantes, vitales para su vida… pero pensemos también en esos mismos centros de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestro lugar de trabajo. Cuánto puede hacer, en esos lugares, la presencia de quien promueve una visión más justa y solidaria del ser humano, que no distingue entre ricos o pobres, sanos o enfermos, connacionales o extranjeros, etc.