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ORACIÓN Y MISIÓN (2 de 5)
Diego Zalbidea
El sentido de ese primer lugar
Los que hayan tenido la suerte de participar en la canonización de san Josemaría, posiblemente no habrán olvidado un detalle entrañable que tuvo san Juan Pablo II durante la homilía. Pudieron escuchar, en aquel momento tan importante, un punto de Camino que habrían meditado muchas veces. Con su voz grave recordó: «Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción». En un mundo como el nuestro, marcado por el exceso de actividad, es un orden que nos sorprende. Y, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo. Porque la oración y la mortificación –oración de los sentidos– en realidad nos abren a la acción de Dios, nos lanzan a la misión de Cristo. En la lógica de ese orden propuesto por san Josemaría late la fuerza del Espíritu Santo ya que solo él sabe pedir como nos conviene (cfr. Rm 8,26).
Si rezamos nos desprendemos de lo que hacemos nosotros, de nuestras seguridades. Si rezamos nos fiamos de Cristo, buscamos hacer su obra; manifestamos nuestro deseo de trabajar por él, con él y en él. No nos importan el cansancio, ni las dificultades, ni el éxito aparente o su ausencia. Si, por el contrario, priorizamos la acción, corremos el riesgo de pensar que somos nosotros los que transformamos a nuestros amigos. Entonces, nuestra inseguridad busca la seguridad en los resultados. Queremos tener la certeza de que lo estamos haciendo bien. Pero esa mirada es generalmente superficial, de corto alcance; a esa mirada posiblemente le falta el grano de mostaza del que habló Jesús a sus discípulos.
La tentación de ponernos a nosotros en primer lugar puede hacerse presente también, de modo más sutil, incluso en nuestra oración. Esto se da cuando pensamos que es necesario convencer a Dios, merecer los frutos o estar a la altura. Sin querer, a veces entendemos nuestra plegaria como algo que hacemos exclusivamente nosotros. Nos situamos enfrente de Cristo y no junto a él; o, mejor todavía, no nos situamos en él. No es difícil que, entonces, interpretemos nuestra oración o nuestra acción como una moneda para comprar frutos apostólicos. En sentido contrario, san Agustín explica que Dios «pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante». En definitiva, nuestra oración nos prepara para desear unirnos a los planes de Cristo, sean los que sean.
Puede ayudarnos a dar la vuelta a esa mentalidad comercial en la oración algo que narraba san Josemaría: «En 1940, en la playa de Valencia, pude ver cómo unos pescadores –recios, robustos– arrastraban la red hasta la arena. Un niño pequeño se había metido entre ellos, y tratando de imitarles, tiraba también de las redes. Era un estorbo: pero observé que la rudeza de aquellos hombres de mar se enternecía, y no apartaban al pequeñín, dejándole en su ilusión de ayudar en el esfuerzo. Os he contado muchas veces esta anécdota porque a mí me conmueve pensar que Dios Nuestro Señor nos deja a nosotros también poner la mano en sus obras, y nos mira con ternura al ver nuestro empeño en colaborar con Él».
La oración nos ayuda precisamente a comprender el privilegio de esa elección, la suerte que nos ha tocado al participar en esa misión. Cristo quiere que nos sintamos colaboradores suyos y que, en nuestra pequeñez, lo seamos realmente. De que nos animemos a poner nuestras manos en las redes de Cristo «dependen muchas cosas grandes». Después, es él quien lo hará todo y, además, nos ofrece a menudo también el premio: «Ni tan siquiera vimos la batalla y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó, y nosotros quienes hemos sido coronados». Cristo nos regala la capacidad de disfrutar de la misión, de llevarnos la mejor parte, de apuntarnos el tanto, también cuando algunas veces no veamos exteriormente los frutos. Dios ha prometido que sus elegidos «no trabajarán en vano» (Is 65,23) y su promesa debería bastarnos.