-
AGRADAR A DIOS
Oración y misión
Diego Zalbidea
Un padre desesperado se acerca a Jesús porque su hijo está endemoniado. Es fácil comprender su frustración: «Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido» (Mc 9,18). Posiblemente los apóstoles se sienten confundidos y un poco avergonzados de su ineficacia. En ocasiones anteriores habían podido expulsar demonios, pero ese día su experiencia se ha mostrado insuficiente. ¿Cuántas veces también, en nuestra vida de apóstoles, nos inquietamos al ver que aparentemente no llegan los frutos? ¿Cuántas veces Jesús tiene que repetirnos su reproche firme —«¡generación incrédula!» (Mt 17,17)— pero lleno a la vez de cariño?
Jesús, además, añade rápidamente: «Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza… nada os sería imposible» (Mt 17,20). Jesús nos habla de una confianza, una fe diminuta pero suficiente, a la que se llega por un solo camino: «Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración» (Mc 9,29). En estas pocas frases se esconde el modo en que Dios quiere que colaboremos con su afán de salvar a todos los hombres. Jesús no quiere darnos simplemente una receta para nuestra eficacia, sino mostrarnos un modo distinto de enfocar la tarea; Jesús nos habla de fe y de oración. Con esa lógica, nos podemos sentir capaces de afrontar cualquier desafío, porque sabemos que la misión no depende solo de nosotros. Nos sabemos portadores del amor de un Dios que ansía la felicidad de cada uno de sus hijos.