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27 octubre 2027

Vivir de esa relación

Vivir de esa relación (1 de 2)
Carlos Ruiz Montoya

Los apóstoles, quizá sin darse demasiada cuenta, vivían en un diálogo continuo con el Señor, que se nutría de las circunstancias más normales del día a día. Los Evangelios recogen infinidad de situaciones en las que Jesús y los suyos hablaban confiadamente. Le preguntaban, le mostraban su perplejidad o su entusiasmo. Los doce, pues, además de discípulos y testigos, eran amigos con quienes Jesús compartía su intimidad (cfr. Jn 15,15). La personalidad de Jesús les cautivaba y a la vez los llenaba de asombro: para ellos Jesús era un gran amigo y también un gran misterio.

Una de las cosas que más les llamaba la atención era la relación de Jesús con el Padre. Veían la frecuencia con la que se retiraba a orar. Poco a poco se fueron dando cuenta de que Jesús estaba siempre en conversación íntima con su Padre Dios. El mismo Jesús les hace ver que lo que dice y hace brota de su relación con el Padre: «Yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que tengo que decir y hablar» (Jn 12,49); «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo» (Jn 8,28).

A veces nuestro Señor exteriorizaba esa conversación íntima con el Padre. Por ejemplo, al regreso de los setenta y dos discípulos que había enviado por delante a varios pueblos y aldeas, y que volvían maravillados por la experiencia de actuar en nombre de Jesucristo: curaban, expulsaban demonios… «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre», le decían llenos de alegría (Lc 10,17). Jesús se dirige entonces en voz alta a su Padre, y lleno de gozo, dice: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien» (Lc 10,21).

Otra ocasión en la que escuchan a Jesús hablar en voz alta con el Padre es el instante solemne de la curación de Lázaro. En ese ambiente de dolor por la muerte del amigo, Jesús toma la palabra, y exclama: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste» (Jn 11,41-42). Podemos imaginar el estupor de quienes le escucharon hablar con su Padre Dios de esta manera. ¿Cómo no se iban a quedar grabadas en sus memorias estas palabras?

Al hablar así, Jesús desvela a sus amigos el misterio de su intimidad divina: su vida interior. Lo más íntimo de Jesús es su relación con el Padre. Jesús vive de esa relación. Una relación que es un diálogo ininterrumpido de conocimiento y amor, que se concreta en el deseo permanente de hacer su voluntad. Así se lo hará ver a los suyos: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Jesús les está diciendo de muchas maneras que vive de su relación con el Padre, que su intimidad personal es esa relación. La teología lo expresará diciendo que el Hijo es una relación subsistente: todo en la Segunda Persona de la Santísima Trinidad es filiación, relación al Padre.

Poco a poco, pero especialmente con el envío del Espíritu Santo, los discípulos se irán dando cuenta de que esa fuente secreta, esa relación de Jesús con el Padre, es su identidad más personal. Y desearán participar de ella. Por eso, en una ocasión, Felipe le dirá al Señor: «Maestro, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Y por eso también le piden a Jesús que les enseñe a rezar, a descubrir esa fuente de vida que de la que Él vive. Y Jesús les enseñará el Padrenuestro (cfr. Lc 11,1-4).