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VIVIR DE FE (3 de 3)
Optimismo
Julio Diéguez
La fe con la que el Señor espera que actuemos no consiste, pues, en la seguridad de que nuestras cualidades se multiplicarán. Consiste más bien en poner nuestros cinco panes al servicio de Dios, en actuar como si esos panes fueran suficientes, incluso si mientras lo hacemos seguimos sintiendo nuestra limitación. La vida de fe no se demuestra en los sentimientos, sino en las obras, también cuando aquellos parecen contradecir esas certezas fundamentales en las que se apoya todo nuestro actuar. «El optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios».
La fe del cristiano no es la ingenuidad de quien no se hace cargo de las dificultades y confía, por eso, en que todo saldrá bien. La fe genera un optimismo «que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad», es decir, que se sostiene y se alimenta de la conciencia de que las cosas pueden ir mal y de hecho a veces irán mal, porque la libertad humana –la nuestra y la de los demás– no siempre querrá lo que Dios quiera. Es por eso «un optimismo que lleva (...) a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios», aun sabiendo que ni siquiera así tendremos certeza de que todo será favorable.
La fe no consiste en un sentimiento de confianza en la buena marcha de las cosas. Es más bien la seguridad de que, vayan como vayan, Dios está a mi lado y se servirá de ellas en mi favor, en favor de quienes me rodean y de la Iglesia entera. Dicho de otro modo: Dios no espera de mí que todo me salga bien, ni tampoco yo espero de Dios que si hago lo que debo todo evolucionará favorablemente. Dios espera que yo confíe en que él nunca me abandona y por eso desea que yo ponga lo que está de mi parte para que las cosas vayan bien. Y yo tengo la certeza de que, haciendo lo que él quiere, estoy logrando el objetivo que realmente importa en mi vida, aunque aquello no siempre produzca un estado de cosas positivo. Habrá cosas que irán mal, pero seguiré el consejo de san Pablo: «No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Rm 12, 21) y, por eso, a pesar de todo, el bien estará venciendo: omnia in bonum!
El Señor ha encomendado una gran misión a la Iglesia y a cada cristiano. Es lógico que sintamos que excede nuestras capacidades e incluso que, al pensar en ella, en ocasiones nos sintamos abrumados. La meditación de esta escena evangélica nos hará de nuevo conscientes de que el Señor espera que –como los apóstoles– nos impliquemos en la misión apostólica con todas nuestras capacidades. Y espera también que comencemos a hacer lo que podamos sin dejarnos dominar por la preocupación de si conseguiremos culminar la labor. La escasez de nuestros panes y peces no ha de impedir que hagamos lo que en cada momento esté en nuestras manos: Dios proveerá a lo que venga después. Así, aunque no nos sintamos seguros, estaremos de hecho viviendo de fe.