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21 octubre 2027

AGRADAR A DIOS. Sobre nuestra fragilidad

AGRADAR A DIOS
Sobre nuestra fragilidad
Diego Zalbidea

La mejor defensa de esa tierra sagrada, preciosa ante los ojos de Dios, es estar enamorados. Enamorados con un amor que se nutre también del perdón, como en el caso de esta mujer que se acerca a los pies de Jesús. El deseo de vivir un amor limpio requiere muchas veces volver a comenzar. Y en eso se muestra también que la santa pureza es un don. «Dios, para entregarse a nosotros, elige a menudo caminos impensables, tal vez los de nuestros límites, los de nuestras lágrimas, los de nuestras derrotas». Al poner nuestra fragilidad ante Dios en la Confesión, nos dejamos amar como en ningún otro sitio. Quien se deja perdonar abre la puerta al amor más libre y es capaz de responder —ya ha empezado a hacerlo— con un amor a la medida del que recibe.

Además, habrá que tener en cuenta otra posible dificultad: que, algunas veces, incluso sin pensarlo, esta gratuidad de perdón de Dios puede avergonzarnos. Preferimos muchas veces saber que hemos conseguido algo con nuestras propias fuerzas, porque eso nos hace autónomos, nos permite experimentar cierto poder; nos resistimos a ser dependientes en algo tan íntimo. Y sin embargo quien ha aprendido a dejarse amar está convencido de que «no puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don». Lo más grande a lo que podemos llegar es siempre fruto de un don previo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Esta convicción, construida también sobre la base de nuestra fragilidad, es necesaria para desarrollar cualquier misión apostólica. La evangelización se realiza gratuitamente. Solo un corazón limpio puede entender esa donación en la que muchas veces los frutos no llegan cuando nosotros los planificamos sino cuando Dios dispone. El cariño verdadero y puro, núcleo de cualquier misión evangelizadora, no impone sus razones, no exige respuesta, no pasa factura por lo que ofrece; no distingue entre personas, no descarta a los hostiles, no se cansa de los lentos. Tampoco chantajea ni reprocha. En una palabra, el cariño verdadero es fiel.

La Eucaristía es quizá el lugar donde más intensamente se descubre este amor verdadero. Ahí Jesús no se impone. Nadie es tan paciente. Nadie desea con tantas fuerzas que lo queramos. Pero, al mismo tiempo, nadie lo dice tan bajito, como en un susurro apenas perceptible. Jesús sabe que nuestra libertad es un gran regalo suyo, así que no quiere comprometerla por nada del mundo. Nadie como él valora tanto nuestra fragilidad, y la dignidad que encierra. Por eso, en nuestra ilusión por crecer en pureza de corazón es gratísimo a Dios que ofrezcamos cada uno de nuestros pasos, también los tropiezos y las derrotas, que le hacen sufrir solo por la soledad en la que quieren aislarnos. Bien podemos imitar a san Josemaría en sus deseos de ofrecer a la Virgen lo mejor que tenía: «Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes.

—¡Anímate!».