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20 octubre 2027

En una conversación permanente

En una conversación permanente
Carlos Ruiz Montoya

«El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración», leemos en el Catecismo. Esta mujer ha obtenido gracias abundantes a través de ese combate: se ha intensificado su relación personal con Dios, y de esa relación solo pueden salir cosas buenas. Por eso, el camino hacia la santidad consiste más en extender el diálogo con el Señor a todo lo que hacemos que en alcanzar una serie de desafíos o niveles de virtud que no son necesariamente para nosotros, o que en todo caso no se darán de hoy para mañana. En realidad, quizá una cosa acaba por llevar a la otra, pero hay entre ellas una clara primacía de la gracia, y por tanto de la oración. «Porque sin mí», dice el Señor, «no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

Imaginemos, por ejemplo, que alguien ha decidido poner un poco más de orden en su vida. Se ha propuesto acostarse antes, a una hora que le permita descansar lo suficiente, para rendir más en el trabajo, tener mejor humor, y sacar unos minutos para rezar todas las mañanas. Es una gran cosa, y posiblemente un día y otro lo consiga, pero al siguiente falle, o se deje absorber por el caos… Como en todo proyecto que se emprende, habrá victorias y derrotas. Pero lo decisivo non son los resultados. Lo importante no es tanto el balance de victorias frente a las derrotas, sino cómo luchamos o, más precisamente, con quién luchamos. Porque la batalla puede librarse en solitario, contando principalmente o casi exclusivamente con las propias fuerzas; o abrirse, por el contrario, a la relación con Dios, convirtiendo ese objetivo en tema de conversación con el Señor: «Señor, creo que tú también quieres que me acueste antes, pero me tienes que ayudar…»; «Jesús, pon amor y esperanza en mi corazón… ayúdame a ilusionarme… si soy un poco más ordenado puedo hacer mucho bien»; «Señor, perdona porque hoy me ha podido el caos; ayúdame más»; «Jesús, voy a ofrecerlo por las personas que están intentándolo también…».

En este caso estamos asistiendo a una lucha centrada en Dios, en la que el diálogo con el Señor se va alimentando de lo que tenemos entre manos. Y viceversa: las cosas de cada día se van abriendo a nuestra relación con Dios. Para que un propósito particular de mejora sea eficaz, el Evangelio nos muestra que, antes que nada, debe convertirse en tema de muchas conversaciones con Dios. Se trata de abrir todos nuestros ámbitos de actuación a ese gran horizonte de sentido que es nuestra relación con el Señor. «Si trabajamos con Cristo, todos nuestros esfuerzos tienen sentido, incluso cuando no llegan los resultados que esperamos, porque el eco de las obras que se hacen por amor llega siempre al Cielo».

Lo que de verdad alegra el corazón de un padre o de una madre no es tanto que su hijo pequeño lo haga todo bien, como que los mire de vez en cuando y les sonría; que comparta con ellos sus batallas. Los pequeños, aunque se esfuercen, suelen equivocarse con facilidad; pero buscan continuamente el diálogo con sus padres, a través de la mirada o de los gestos, y siempre con el corazón. Y esa corriente de amor y de comunicación es lo que más desean sus padres. También nuestro Padre Dios espera eso mismo de nosotros: una corriente de confianza, de amor y de comunicación. Y la vida entera es el ambiente en el que se debe desarrollar esta relación confiada con nuestro Padre Dios. San Josemaría invitaba a todos a avanzar por ese camino: «Habla, habla con el Señor: “Que me canso, Señor, que no puedo más. Señor, que esto no me sale; ¿cómo lo harías?”».