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19 octubre 2027

MAESTROS Y COMPAÑEROS DE ORACIÓN. Asombra ser mirado por Dios

MAESTROS Y COMPAÑEROS DE ORACIÓN (5 de 6)
Asombra ser mirado por Dios
Carlo de Marchi

La familiaridad con los santos nos puede ayudar a descubrir a Dios en las cosas de cada día, como ellos mismos lo hicieron. Podemos leer con admiración lo que descubrió san Juan María Vianney, el cura de Ars, aquel día en que se acercó a uno de sus feligreses, un campesino analfabeto, que pasaba largos ratos frente al sagrario.

«¿Qué hace usted?», le preguntó el cura. Y el buen hombre respondió con sencillez: «Yo le miro y él me mira». No hacía falta más. Aquella respuesta quedó como una enseñanza indeleble en el corazón de su párroco. «La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús»[8], enseña el Catecismo de la Iglesia citando precisamente este episodio. Yo le miro y —mucho más importante— él me mira. Dios nos mira siempre, pero lo hace de una manera particular cuando levantamos los ojos y le devolvemos su mirada de amor.

San Josemaría tuvo una experiencia similar cuando era joven sacerdote, y de tan impresionado la relató muchas veces a lo largo de su vida. En aquella temporada, solía permanecer todas las mañanas en el confesionario, esperando a los penitentes. En cierto momento oyó un golpeteo metálico que lo inquietó y, sobre todo, lo intrigó. Como el ruido se repetía a diario, un día, dejándose vencer por la curiosidad, se escondió detrás de la puerta para ver quién era aquel misterioso visitante. Lo que presenció fue la entrada discreta de un hombre que trasportaba unos cántaros de leche y que, desde la puerta abierta de la iglesia, se dirigía al sagrario diciendo: «Señor, aquí está Juan, el lechero». Este hombre sencillo, como las otras veces, se quedó allí un momento y se marchó. Sin saberlo, ofreció un ejemplo de oración confiada que asombró al sacerdote y le llevó a repetir, como un estribillo constante: «Señor, aquí está Josemaría, que no sabe amarte como Juan el lechero».

Los testimonios de tantos santos de diferentes épocas y ambientes nos confirman que es posible sentirse mirado con afecto por Dios, allí donde estamos y tal como somos. Lo dicen de manera creíble porque ellos mismos fueron los primeros en asombrarse de este descubrimiento.