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VIVIR DE FE (2 de 3)
Vértigo
Julio Diéguez
No es fácil hacerse cargo de cómo se produjo el milagro. Probablemente nos resulta chocante pensar que el montón de trozos en los que Jesús había dividido los panes y los peces aumentase repentinamente, ante la admiración de todos. Otra posibilidad, menos espectacular, ayuda a percibir con mayor claridad una enseñanza que probablemente Cristo quería transmitir.
Pudo suceder que el Señor entregase a varios de los apóstoles una parte de los trozos de pan para que los repartieran entre la muchedumbre. Es fácil imaginarlos –quizá llenos de vergüenza– empezando a dar a las personas cercanas unos pedacitos minúsculos de pan y de pez con la intención de que alcanzase para el mayor número posible de personas. Es posible que el Señor tuviera que animar a alguno a ser magnánimo y dar a cada uno todo lo que necesitase.
Comenzaron, pues, a distribuir con generosidad aquellos panes y poco a poco se fueron dando cuenta del prodigio. En su cesta nunca aumentó considerablemente la cantidad de pan; siempre fue escaso, siempre daba la impresión de que alcanzaría para pocos más. Pero llegó para todos e incluso sobró. También el maná era imposible de acumular (cfr. Ex 16,17-20): Dios quería que quienes recibían aquel alimento no perdiesen la conciencia de que era un don divino y se abandonasen en él, en lugar de buscar una seguridad meramente humana. Quizá el Señor quiso que los apóstoles tuvieran una experiencia similar. «Jesús manifiesta su poder, pero no de forma espectacular, sino como señal de la caridad, de la generosidad de Dios Padre hacia sus hijos cansados y necesitados».
Para aquellos de los presentes que fueron conscientes de lo sucedido, fue un motivo de sorpresa y de admiración. Para los apóstoles fue una clara lección de fe. Unos meses después, el Señor les iba a pedir que echaran sobre sus hombros la tarea de anunciar la buena nueva a millones de almas: «Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Sin duda, iban a sentir que claramente les superaba: ¿quiénes eran ellos? ¿Qué podían hacer? ¿No sería más razonable proponerse metas que estuvieran a su alcance? Podrían entonces traer a su memoria lo que habían vivido. Podrían recordar que el Señor les pidió que hiciesen un recuento de sus medios; para él era lo mismo dar de comer a aquella multitud con cinco panes que con ninguno, pero quiso enseñarles a poner todo de su parte. Podrían meditar que Jesús no permitió que la escasez de medios rebajase el objetivo que les había propuesto; que no se conformó con prestar una ayuda simbólica, que no resolviese el problema. Podrían recordar también que sus medios fueron siempre escasos... pero terminaron siendo suficientes. En definitiva, habrían aprendido que a la hora de difundir el Evangelio lo determinante no debían ser sus condiciones –que de todos modos debían examinar– sino las necesidades de las almas.
Los apóstoles se sintieron interpelados por la sed que Dios tiene de almas en todos los ambientes y ocupaciones. No dilataron el inicio de esta tarea hasta que dispusieran de todos los panes necesarios. Seguramente sintieron fuertemente la desproporción entre sus capacidades y lo que pensaron que el Señor les pedía. También nosotros podemos sentir un cierto vértigo, una sensación de impotencia o de inseguridad que no hemos de entender como una prueba de que nos falta fe. Al contrario, es quizá una demostración de que el amor de Dios nos impulsa más allá de lo que podemos imaginar. Ese sentimiento de inquietud no contradice la magnanimidad; por el contrario, da sentido a la esperanza, porque donde hay absoluta certeza la esperanza no puede existir (cfr. Rm 8,24).