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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (6 de 7)
El desvelo por todas las iglesias
Lucas Buch
Junto al deseo de llevar la salvación a muchas personas, está en el corazón del apóstol «el desvelo por todas las iglesias» (cfr. 2 Co 11,28). A veces puede resultar llamativo que, junto a una honda visión de fe y un ardiente celo misionero, Pablo se ocupe en sus cartas de ciertas necesidades materiales. Como cuando escribe a los de Corinto: «En cuanto a la colecta en favor de los santos, haced también vosotros como mandé a las iglesias de Galacia. El primer día de la semana, que cada uno de vosotros ponga aparte lo que le parezca bien y lo guarde, para que no se tengan que hacer las colectas cuando llegue yo» (1 Co 16,1-2). El apóstol pasa de lo más santo y elevado a lo más prosaico, porque todo eso forma parte de una misma preocupación y tiene un mismo origen: el fuego de Amor que arde en su corazón de apóstol. En realidad, necesidades en la Iglesia las hubo desde el principio: el libro de los Hechos cuenta cómo Bernabé «tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hch 4,37). La colecta para Jerusalén, sobre la que Pablo insiste en varias de sus cartas, es otro ejemplo vivo.
La Obra no ha sido, tampoco en este punto, una excepción. El afán apostólico ha ido siempre de la mano con la preocupación por las necesidades concretas. Así, apenas una semana después de llegar por primera vez a Roma, el 30 de junio de 1946, san Josemaría escribía por carta a los miembros del Consejo General, que estaba entonces en Madrid: «Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario —¡Ricardo!— preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia. Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin embargo, es imprescindible adquirir casa aquí». Las necesidades económicas en relación con las casas de Roma no habían hecho más que empezar, y, como los primeros cristianos, todos en la Obra las veían como algo muy propio. En los últimos años, don Javier solía contar con emoción la historia de los dos sacerdotes que llegaron a Uruguay para comenzar la labor del Opus Dei. Después de un tiempo en el país, recibieron un donativo importante, que les hubiera sacado del apuro en que se encontraban. Sin embargo, no dudaron un momento en enviarlo enteramente para las casas de Roma.
Las necesidades materiales no terminaron en vida de san Josemaría, sino que permanecen —y permanecerán— siempre. Gracias a Dios, las labores se multiplican por todo el mundo, y además hay que pensar en el mantenimiento de las que existen ya. Por eso, es igualmente importante que se mantenga vivo el común sentido de responsabilidad ante esas necesidades. Como nos recuerda el Padre, «nuestro amor a la Iglesia nos moverá a procurar recursos para el desarrollo de las labores apostólicas». No es cuestión solamente de que pongamos de nuestra parte, sino sobre todo de que ese esfuerzo nazca del amor que tenemos a la Obra.