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15 octubre 2027

EL SENTIDO CRISTIANO DEL SACRIFICIO (3 de 3)

EL SENTIDO CRISTIANO DEL SACRIFICIO (3 de 3)
Gonzalo de la Morena – Carlos Ayxela

Dar la vida por sus amigos

«Misericordia quiero, y no sacrificio», dice Dios a través del profeta Oseas (Os 6,6). Jesús retoma esas palabras en el Evangelio (cfr. Mt 9,13), no para invalidar la práctica del ayuno y de la mortificación, sino para subrayar que todo sacrificio debe ordenarse al amor. San Josemaría lo explicaba así: «Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras palabras Yahvé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades externas. —Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo». En ese sentido, solía decir que las mortificaciones preferidas de Dios eran las que hacían la vida más agradable a los demás. También en esto, se hacía eco de las palabras del Señor: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

La disposición a dar la vida por los demás, si es sincera, no necesita ni puede esperar a situaciones extraordinarias, porque encuentra multitud de ocasiones en la vida misma. San Josemaría enumeraba algunas: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes...».

En esas, y en muchas otras situaciones, la mirada del cristiano, como la de Jesús, no está centrada en el propio sufrimiento, sino en el bien que hace de la cruz una realidad amable. «¡Sacrificio, sacrificio! —Es verdad que seguir a Jesucristo —lo ha dicho Él— es llevar la cruz. Pero no me gusta oír a las almas que aman al Señor hablar tanto de cruces y de renuncias: porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso —aunque cueste— y la cruz es la Santa Cruz.—El alma que sabe amar y entregarse así, se colma de alegría y de paz. Entonces, ¿por qué insistir en “sacrificio”, como buscando consuelo, si la cruz de Cristo —que es tu vida— te hace feliz?».

San Josemaría enfatiza el valor positivo del sacrificio que se hace por amor, señalándolo incluso como fuente de paz y de alegría. Y, por eso mismo, rechaza con firmeza los modos «doloristas» o «victimistas» de entender el sacrificio. A veces hay quien parece insistir en el componente de renuncia que supone seguir al Señor, como buscando una mirada de consuelo, y olvidando que la renuncia es solo fuente de vida por su unión con la cruz de Jesús. En esos casos, la atención se pone en el dolor experimentado, en el propio esfuerzo espiritual. Pero el sacrificio cristiano no se propone probar una heroica capacidad de aguantar el sufrimiento, sino formar en nosotros un corazón como el de Cristo, un corazón traspasado, «completamente abierto».

Jesús no explicó su muerte como una muestra de coherencia ante unos principios o como un despliegue de su resistencia espiritual, sino como una entrega por personas concretas: «mi cuerpo se entrega por vosotros» (Lc 22,19). Toda su atención está dirigida hacia nosotros, no hacia sí mismo. Por eso, si redujéramos el objetivo de nuestra mortificación a nuestro propio sufrimiento, no solo desarrollaríamos una espiritualidad negativa y triste, que no tiene nada que ver con el Evangelio, sino sobre todo una cierta soberbia espiritual que podría hacer estériles nuestros sacrificios. Es necesario mirar mucho más allá: comprender el sacrificio como un enorme sí a Dios y a los demás, como un gran sí a la Vida.

Hay una gran distancia entre quien centra el objetivo en sufrir y quien lo centra en amar, aunque el amor pueda doler. Por eso, la invitación de Jesús a tomar su cruz podría entenderse así: ama aunque duela —porque a veces va a doler—, y confía en la resurrección; busca sobre todas las cosas el reino de Dios y su justicia (cfr. Mt 6,33), y déjalo todo en manos del Padre (cfr. Lc 23,46). Esa es la disposición del corazón de Cristo, y del corazón de los suyos: iluminar un mundo a oscuras con una alegría radicada en la cruz; caminar por la vida con «la cruz a cuestas, con una sonrisa en tus labios, con una luz en tu alma».