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14 octubre 2027

AGRADAR A DIOS. Asombrarse ante cada corazón

AGRADAR A DIOS
Asombrarse ante cada corazón
Diego Zalbidea

Para que crezca el amor, para que arraigue, es preciso hacerle espacio, a veces con esfuerzo, porque la santa pureza «es una rosa que solamente florece entre espinas»2. Quizá por eso a veces nos da miedo someternos al riesgo de amar y tratamos de asegurar, controlar el amor. De hecho, el corazón puede volverse impuro, es decir, inauténtico, precisamente porque no quiere arriesgarse a sufrir, y prefiere refugiarse creando espacios que controla. Podrá parecer entonces que uno consigue amor, cuando en realidad está utilizándose a sí mismo y a los demás: obligando a los demás a que lo “quieran”, forzándolos a que le hagan sentirse “valioso” o “valiosa”. Un camino, este, que acaba por revelarse como una farsa; porque, frente a la promesa del amor incondicional que nos ofrece Dios, por aquí solo podemos encontrar soledad.

Cuando ese fruto amargo de la impureza se hace evidente, es fácil encerrarse, desanimarse, o pensar que un amor más auténtico es imposible. Y, sin embargo, Dios ha sembrado ya mucho de ese amor en nuestra vida, especialmente a través de nuestras relaciones con los demás. San Josemaría hablaba de amar a los demás poniendo «generosamente nuestro corazón en el suelo, de modo que los otros pisen en blando». Es verdad que nuestro corazón, puesto en el suelo, corre el riesgo de ser despreciado, pero esa es en realidad la única forma divina de amar y de recibir amor. Cuando uno se atreve a amar así, empieza a vislumbrar una forma de mirar y de relacionarse que le permite amar sin poseer. Descubre en sí la posibilidad de vivir con un corazón limpio, auténtico, que cuida de la vulnerabilidad propia y ajena, que se muestra con elegancia, que busca ser querido libremente. La mujer y el hombre de corazón limpio saben mirar a los demás sin tolerar que se trafique con la imagen de Dios que hay en ellos. Para un cristiano, la intimidad propia y ajena es tierra sagrada ante la que descalzarse.