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El lugar del encuentro (2)
Carlos Ruiz Montoya
Una corriente de mutua confianza late en el fondo del diálogo entre esta mujer y Jesús. El Señor conoce la audacia de su fe y ella confía del todo en la bondad del corazón de Jesús… Ella no lo sabe, pero, además de darle esa gracia que le pide, Dios va a apoyarse en ella para formar a sus discípulos. A través de esta mujer, Jesús está preparando los corazones de los doce para los horizontes apostólicos que se les abrirán dentro de poco tiempo. Quienes recibirán el mandato de ir a predicar el evangelio por todo el mundo están descubriendo cómo una mujer pagana puede tener más fe en su corazón que un rabino, o incluso que ellos mismos, que están todo el día con Jesús.
Además, esta mujer va a mostrar, a lo largo de su diálogo con Jesús, algunas de las disposiciones clave de la oración, como la humildad de sabernos necesitados de ayuda, o la confianza inquebrantable en el amor que Dios nos tiene, a pesar de su aparente silencio. Quizá pensaba en ella Evagrio Póntico cuando escribió: «No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración».
Pero volvamos al clímax de la conversación. Jesús ha mantenido todo lo posible esa «tensión pedagógica» con la mujer y con sus discípulos. Ahora, ante la sencillez con que ella le habla de las migajas bajo la mesa, Jesús desvela ya sus verdaderos sentimientos: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres. Y su hija quedó sana en aquel instante» (Mt 15,28). La fe de esta madre, su oración llena de perseverancia y de humildad, dejarán sin duda una huella profunda en los apóstoles.
Por otro lado, esta mujer, aun siendo una extranjera, representa simbólicamente a todo el Pueblo de Dios. En ella se está realizando una vez más aquel misterioso combate en el que Jacob luchaba con Dios. Fruto de esa lucha, Jacob le «arranca» a Dios la bendición; y, con la bendición, recibe el nombre de Israel, que significa «el que ha luchado con Dios» (cfr. Gn 32,25-30) y que le otorga una nueva misión en la vida. También entre Jesús y la mujer se da una especie de forcejeo, una lucha, un combate que pone a prueba su fe y su perseverancia. El gesto de postrarse ante el Señor para que no pase de largo es una expresión maravillosa de una oración perseverante, que no desfallece ante las dificultades. Y, como le sucedió al antiguo patriarca, también ese forcejeo termina con la bendición de Dios, que alaba la fe de la madre y libera a su hija.