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11 octubre 2027

VIVIR DE FE. La multiplicación de los panes y de los peces

VIVIR DE FE (1 de 3)
La multiplicación de los panes y de los peces
Julio Diéguez

La noticia de la muerte de Juan el Bautista había afectado al Señor. Él había venido a liberarnos del pecado, que había marcado profundamente la naturaleza humana que él quiso hacer propia. Pero precisamente porque, excepto en el pecado, asumió esa naturaleza hasta sus últimas consecuencias, no le dejó indiferente esta nueva experiencia de la maldad que cabe en el corazón humano. Experimentó el impulso de retirarse a un lugar tranquilo, donde pudiera rezar y meditar con paz (cfr. Mt 14,13).

Sin embargo, «al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella» (Mt 14,14). Pasó el resto de la jornada ocupándose de aquellas gentes, de sus almas y de sus cuerpos: les enseñó muchas cosas y curó a los enfermos. El Señor no provocó esa situación, su intención era simplemente meditar y descansar. Pero su corazón sacerdotal no dejó escapar una oportunidad inesperada de atender a los demás.

Desproporción

La gente llevaba varias horas escuchando las enseñanzas del Maestro. Los discípulos comenzaron a inquietarse: ¿qué sucedería cuando esta multitud se diera cuenta de que no tenía tiempo de alcanzar un lugar en donde proveerse de alimentos? Quizá el entusiasmo de ahora se transformaría en desánimo o incluso en enfado. Por eso, se acercaron discretamente a Jesús y le advirtieron:

«Este es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos» (Mt 14, 15). La actitud de los apóstoles está llena de sentido común: «Estas personas tienen una necesidad y hay que darles la oportunidad de satisfacerla antes de que sea demasiado tarde». Seguramente no se esperaban la respuesta del Señor: «No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). «Su problema es también vuestro problema, afrontadlo vosotros».

Los apóstoles no habían acudido a Jesús huyendo de su responsabilidad. No estaban intentando quitarse de encima una dificultad. Era, sencillamente, una tarea que les superaba de tal manera que ni se les había pasado por la cabeza que tuviera que ver con ellos. Por supuesto, se compadecían de aquellas gentes, pero qué más podían hacer? Por eso, las palabras del Señor les dejarían desconcertados: «¿Nosotros? ¿Les tenemos que dar de comer nosotros? ¡Pero si incluso el jornal de doscientos días de trabajo resultaría una cantidad de pan irrisoria para tal multitud!». ¿Qué podemos hacer nosotros?

El Maestro, sin embargo, no cedió. Quiso que cargasen este problema sobre sus hombros:

–¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.

Los apóstoles reconocieron la insuficiencia de sus medios:

–Tenemos cinco y dos peces.

–Traédmelos aquí.

Quizá los apóstoles se acordarían de esta conversación años más tarde, cuando se encontraban inmersos en la tarea de evangelización. También esa misión sobrepasaba sus cualidades humanas. Pero del Señor habían aprendido a no dejarse vencer por la falta de medios: si solo tenían cinco panes y dos peces, con esto tendrían que afrontar el reto. Lo que Jesús quiere es que dejemos a sus pies lo que tenemos, lo que podemos hacer, sin dejarnos abrumar por lo que no tenemos, por lo que supera nuestra capacidad.

Jesús «tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente» (Mt 14,19). Alcanzó para todos e incluso sobró tanto que se necesitaron doce cestos para contener los restos.

«El milagro no se produce de la nada, sino de la modesta aportación de un muchacho sencillo que comparte lo que tenía consigo. Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino que nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, puede realizarse un milagro: Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos partícipes de su don».