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1 octubre 2027

EL SENTIDO CRISTIANO DEL SACRIFICIO (1 de 3)

EL SENTIDO CRISTIANO DEL SACRIFICIO (1 de 3)
Gonzalo de la Morena – Carlos Ayxela

Fuente de vida

San Pablo explica que la muerte de Jesús crucifica al «hombre viejo» (Rm 6,6; Ef 4,22). Es una muerte que tiene solo sentido desde el punto de vista de la vida a la que va a dar lugar: la vida de la gracia, del Espíritu, el «hombre nuevo» (Ef 4,24). Del mismo modo, el sacrificio y la mortificación cristiana no tienen sentido por sí solos, como si renunciar a la propia vida fuera, sin más, algo bueno. La mortificación tiene sentido en la medida en que es vivificadora, fuente de nueva vida. El cristiano reconoce zonas de sí mismo que le quitan vida, que lo alienan, que crean división en su interior y a su alrededor… porque están todavía bajo el dominio del pecado: tendencias enfermas, torcidas o heridas que deben ser salvadas, resucitadas por Cristo. Por eso, advierte san Pablo: «si vivís según la carne, moriréis; pero, si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis» (Rm 8,13).

Es importante entender bien lo que el apóstol está diciendo aquí: frente a la llamada a vivir según el Espíritu, con mayúscula, está la tentación de vivir según la carne, es decir, según todo lo que en nosotros —alma y cuerpo— se opone a Dios. Por eso, la vida «según la carne» no es quizá tanto la de un cuerpo salvaje que pisotea a un alma inocente como la de un alma frívola que corrompe y desfigura toda la persona, en su unidad de cuerpo y espíritu. Como dice Jesús, el mal viene de muy adentro: «Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos (…). Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Mc 7,20-23).

Se entiende así que para los cristianos el valor del sacrificio no está en el sufrimiento considerado en sí mismo, o en un ascético sometimiento del cuerpo, sino en el deseo de liberar el corazón de todo lo que lo encadena; en la aspiración a una vida más ligera, más luminosa, más entera: una vida que irradie sencillez y alegría. El cristiano no busca el dolor por el dolor; no es un masoquista. Sin embargo, descubre tantas veces, en sí mismo y en los demás, bajos fondos de egoísmo, de sensualidad, de codicia. Liberarse y ayudar a otros a liberarse de todo eso, sobre todo cuando ha echado raíces profundas, no es posible sin renuncia. Sí, abrir el corazón puede doler, como sucede cuando se recupera el flujo sanguíneo en un miembro entumecido por el frío: puede costar mucho, pero es necesario.