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7 enero 2027

Abrazar el mundo con la oración: el salmo 2

Abrazar el mundo con la oración: el salmo 2
Lucas Buch

Considerar la filiación divina –ser hijos de Dios en Cristo por el bautismo– constituye el fundamento de toda la espiritualidad del Opus Dei. Compartimos algunas reflexiones inspiradas en el salmo 2, oración que san Josemaría deseaba que en la Obra se rezara y meditara el martes para alentar este espíritu filial.

En Jerusalén no se habla de otra cosa, aunque sea entre susurros, a media voz, para no despertar el recelo de las autoridades religiosas. Pero es un hecho innegable y todos lo han visto: aquel paralítico de nacimiento, que desde hace años pedía limosna en la puerta del Templo llamada la Hermosa, entró por su propio pie, entre brincos y saltos, glorificando a Dios y acompañado por dos pescadores de Galilea, seguidores del Nazareno (cfr. Hch 3,1-10). Los discípulos, Pedro y Juan, fueron arrestados por el jefe de los guardias del Templo y los saduceos tras la milagrosa curación. Se comenta que, después de someterlos a un juicio sumario y prohibirles decir una sola palabra o enseñar en el nombre de Jesús, han sido puestos en libertad (cfr. Hch 4,1-21).

Según narran los Hechos de los Apóstoles, nada más salir de la prisión, Pedro y Juan se reunieron con los hermanos y les contaron todo lo sucedido. «Al oírlos, todos levantaron la voz y oraron a Dios unánimemente: «Señor, tú hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú, por medio del Espíritu Santo, pusiste estas palabras en labios de nuestro padre David, tu servidor: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen vanos proyectos? Los reyes de la tierra se rebelaron y los príncipes se aliaron contra el Señor y contra su Ungido”. Porque realmente se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con las naciones paganas y los pueblos de Israel, contra tu santo servidor Jesús, a quien tú has ungido. Así ellos cumplieron todo lo que tu poder y tu sabiduría habían determinado de antemano. Ahora, Señor, mira sus amenazas, y permite a tus servidores anunciar tu palabra con toda libertad: extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios en el nombre de tu santo servidor Jesús» (Hch 4, 24-30).

Los primeros cristianos no solo rezan juntos y no se acobardan, sino que también confiesan a Dios como creador. No ven el cumplimiento de las Escrituras únicamente en la vida de Cristo, sino también en la de la primera comunidad, que sufrió las amenazas tal como había anticipado Jesús. Y lejos de desanimarse, confían en que Dios saca el bien de esas situaciones.

La Iglesia naciente va creciendo por la predicación apostólica y desde el primer momento tiene entraña universal. Pero en paralelo a los bautismos y conversiones, surgen también las dificultades. «Frente a las persecuciones sufridas a causa de Jesús, la comunidad no solo no se atemoriza y no se divide, sino que se mantiene profundamente unida en la oración, como una sola persona, para invocar al Señor». La primitiva comunidad cristiana no teme las amenazas externas, pues tiene presente el final de su Maestro y cómo a la cruz le siguió la resurrección. Solo ruega poder anunciar la palabra de Dios con toda libertad: «Pide no perder la valentía de la fe, la valentía de anunciar la fe».