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HACER DESBORDAR LA ALEGRÍA (2 de 4)
El privilegio de servir
José María Álvarez de Toledo
Ain-Karim, la ciudad de Judá tradicionalmente identificada con el hogar de Zacarías e Isabel, está a unos 130 kilómetros de Nazaret. Situada en medio de las montañas, no debía de ser sencillo llegar hasta ahí. María tuvo que viajar durante varios días en una caravana probablemente llena de desconocidos. Atrás dejaba por un tiempo la seguridad de su hogar para llevar a su prima lo más valioso que tenía. «Es un viaje que la lleva lejos de casa, la impulsa al mundo, a lugares extraños a sus costumbres diarias; en cierto sentido, la hace llegar hasta confines inalcanzables para ella. Está precisamente aquí, también para todos nosotros, el secreto de nuestra vida de hombres y de cristianos. Nuestra existencia, como personas y como Iglesia, está proyectada hacia fuera de nosotros». Con frecuencia el Señor nos pide salir de los propios planteamientos, de aquello con lo que quizá estamos más familiarizados, para comunicar a los hombres la felicidad de acoger la palabra divina. «María lleva la alegría al hogar de su prima, porque “lleva” a Cristo». Durante el viaje seguramente debió de reflexionar sobre ese gozo. Quizá vendrían a su mente expresiones de la Escritura que se acercaban a lo que ella sentía en esos momentos.
En cuanto María llegó a casa de Zacarías y su prima oyó el saludo, «el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo» (Lc 1,41). La visita de María no era simplemente un detalle de cortesía: llevaba nada más y nada menos que la presencia de Cristo. Generaciones de judíos habían soñado con la llegada del Mesías, y ahora Isabel lo recibía en su propia casa. «Las dos mujeres, ambas embarazadas, encarnan, en efecto, la espera y el Esperado. La anciana Isabel simboliza a Israel que espera al Mesías, mientras que la joven María lleva en sí la realización de tal espera, para beneficio de toda la humanidad. En las dos mujeres se encuentran y se reconocen, ante todo, los frutos de su seno, Juan y Cristo».
«Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre –exclama Isabel–. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,42-43). Isabel está pasmada porque cree no merecer semejante privilegio. Le llena de admiración que la madre del Salvador haya realizado un largo viaje para venir a acompañarla. María inaugura una nueva manera de entender el honor –que Jesús pondrá en práctica– y se siente, en su generosidad, la más beneficiada de las dos mujeres presentes en la escena. «Si quieres ser el primero, tienes que ir al final de la fila, ser el último y servir a todos. (...) Y esto cuesta, lo sabemos, porque “sabe a cruz”.
Pero a medida que crecemos en el cuidado y la disponibilidad hacia los demás, nos volvemos más libres por dentro, más parecidos a Jesús. Cuanto más servimos, más sentimos la presencia de Dios. Sobre todo cuando servimos a los que no tienen nada que devolvernos, los pobres, abrazando sus dificultades y necesidades con la tierna compasión: y ahí descubrimos que a su vez somos amados y abrazados por Dios». María no fue menos por querer servir a su prima. Y por eso, tras oír las palabras de alabanza de Isabel –«bendita tú entre las mujeres», «bienaventurada tú, que has creído»–, sintió «el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad entera» participara de su felicidad.