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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (5 de 7)
A la búsqueda de luces nuevas
Juan Francisco Pozo - Rodolfo Valdés
Al ser también búsqueda del hombre, la oración implica el deseo de no conformarse con un modo rutinario de dirigirse al Señor. Si todas las relaciones duraderas implican el afán continuo de renovar el amor, la relación con Dios que se fragua especialmente en los momentos dedicados exclusivamente a Él, también debería caracterizarse por este deseo.
«En tu vida, si te lo propones, todo puede ser objeto de ofrecimiento al Señor, ocasión de coloquio con tu Padre del Cielo, que siempre guarda y concede luces nuevas». Ciertamente, Dios concede esas luces contando con la búsqueda apasionada de sus hijos, con la disposición de escuchar con sencillez la palabra que nos dirige, dejando de lado la idea de que ya no hay nada nuevo por descubrir. En esto es un ejemplo la actitud de la samaritana junto al pozo: aunque su vida de fe estaba fría, guardaba dentro de su corazón el deseo de la llegada del Mesías.
Esta aspiración se traducirá en volver a llevar los sucesos diarios al diálogo con el Señor, pero sin pretender conseguir una solución inmediata y a nuestra medida. Es más importante pensar qué quiere el Señor. Tantas veces, lo único que espera es que nos pongamos con sencillez frente a Él, y que hagamos una memoria agradecida de todo aquello que el Espíritu Santo está obrando silenciosamente en nosotros. Otras veces nos llevará a tomar los Evangelios y contemplar con calma alguna escena, participando en ella «como un personaje más», para dejarse interpelar por Cristo. Alimentar la oración es también partir, en nuestro diálogo con el Señor, de los textos que la Iglesia pone en nuestros labios en la liturgia que hemos celebrado ese día. Las fuentes de la oración son inagotables: si sabemos acudir a ellas con ilusión nueva, el Espíritu Santo hará el resto.