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El mundo por heredad
María Candela
«En la oración del Salterio el mundo está siempre presente». Toda la historia de los hombres y el recorrido de cada biografía, con sus altos y sus bajos, encuentran en este libro sapiencial su latido. Los salmos «abren el horizonte a la mirada de Dios sobre la historia». Cada martes, al recitar este texto bíblico, podemos considerar lo que se afirma en el verso 8: «Pídeme, y te daré las naciones como herencia, y como propiedad, los confines de la tierra». Tenemos el mundo por heredad. Por eso nada de lo que ocurre en él puede ser ajeno a nuestro corazón: «Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo».
Con frecuencia el Padre nos invita a sentir cercano todo lo que ocurre, especialmente cuando tenemos noticia sobre sucesos dolorosos como guerras, epidemias o catástrofes: «Todo es nuestro, todo es nuestro. Y eso no nos mueve al desaliento, sino a la oración, a intensificar nuestra unión con el Señor, a intensificar también nuestro afán de almas, a desagraviar, a rezar... Y siempre, con alegría, sin perder la esperanza, sabiendo que tendremos siempre la gran arma de la oración. La gran arma del trabajo convertido en oración. La gran arma del Deus nobiscum, porque Dios está con nosotros siempre».
En la vida de san Josemaría encontramos un ejemplo. Quienes convivieron con él recuerdan que, cuando veía las noticias o le llegaban informaciones de algún desastre natural, se conmovía y pedía a Dios por las personas afectadas. También era capaz de alegrarse y vibrar con el progreso humano y los avances técnicos de su tiempo. Pues no solo hacemos nuestras las desgracias, sino también todas las cosas buenas que hay en el mundo.
La oración de los primeros discípulos es un modelo a la hora de afrontar los reveses o la incomprensión. «También nosotros –nos alentaba Benedicto XVI– debemos saber llevar los acontecimientos de nuestra vida diaria a nuestra oración, para buscar su significado profundo. Y como la primera comunidad cristiana, también nosotros, dejándonos iluminar por la palabra de Dios, a través de la meditación de la Sagrada Escritura, podemos aprender a ver que Dios está presente en nuestra vida, presente también y precisamente en los momentos difíciles, y que todo –incluso las cosas incomprensibles– forma parte de un designio superior de amor en el que la victoria final sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte es verdaderamente la del bien, de la gracia, de la vida, de Dios».
Frente a quienes quieren ahogar el anuncio de Cristo o de cara a nuestras propias limitaciones, la respuesta es la confianza en Dios, que nos llena de esperanza y nos hace mirar al mundo con profundo optimismo, sabiendo que él está siempre a nuestro lado: «Yo mismo establecí a mi Rey en Sion, mi santa Montaña» (Sal 2,6). Por eso esta plegaria termina con una llamada a la bienaventuranza, a la felicidad: «Bien¬aven¬turados serán los que hayan puesto en él su confianza», que tiene un eco en este punto de Camino: «Confía siempre en tu Dios. –Él no pierde batallas».