Página inicio

-

Agenda

27 enero 2027

ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS. Dios ya nos ha hablado

ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS (7 de 7)
Dios ya nos ha hablado
José Brage

Cuando Jesús responde a los discípulos de Juan el Bautista enumerando sus signos —«los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio» (Mt 11,5)— está anunciando el cumplimiento de las antiguas profecías de la Sagrada Escritura sobre el Mesías. Y es que Dios nos ha hablado y nos habla a cada uno, de manera eminente, a través de la Sagrada Escritura: «En los Libros Sagrados, el Padre que está en los cielos sale amorosamente al encuentro de sus hijos y conversa con ellos». Por eso, «la oración debe acompañar a la lectura de la Sagrada Escritura, para que se entable un diálogo entre Dios y el hombre; porque “a Él hablamos cuando oramos, y a Él escuchamos cuando leemos las palabras divinas” (San Ambrosio, off. 1,88)». Las palabras de la Biblia no solo son inspiradas por Dios: son también inspiradoras de Dios.

De manera especial escuchamos a Dios en los Evangelios, que recogen las palabras y hechos de Nuestro Señor Jesucristo. Así lo recalca el autor de la Carta a los Hebreos: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo» (Hb 1,1−2). San Agustín consideraba que el Evangelio era «la boca de Cristo: está sentado en el Cielo, pero no deja de hablar en la tierra». Por eso nuestra oración vive de la meditación del Evangelio; leyendo, meditando, releyendo, grabando en la memoria, considerando una y otra vez sus palabras, Dios nos habla al corazón.

San Josemaría, siguiendo la tradición de la Iglesia, recomendaba continuamente escuchar a Dios a través de la meditación de los Evangelios: «Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones». Nuestro esfuerzo se expresa en acciones concretas: imaginar la escena, intervenir en los pasajes, considerar un rasgo del Maestro, contarle lo que nos pasa… Y le sigue esa posible respuesta de Dios: indicarnos tal o cual cosa, suscitar mociones interiores en nuestra alma, hacernos caer en la cuenta de algo. Así se construye el diálogo con él.

En otra ocasión, san Josemaría también nos animaba a contemplar e imitar a Jesucristo con estas palabras: «Sé tú un personaje en aquella trama divina, y reacciona. Contempla los milagros de Cristo, oye el flujo y el reflujo de la muchedumbre en torno a Él, cambia palabras de amistad con los primeros Doce... Mira al Señor a los ojos y enamórate de Él, para ser tú otro Cristo». Contemplar, oír, cambiar palabras de amistad, mirar… son acciones que requieren despertar y poner en marcha nuestras facultades y sentidos, nuestra imaginación y nuestra inteligencia. Porque cada uno de nosotros está allí, en cada página del Evangelio. Cada escena, cada acto de Jesús, está dando sentido e ilumina mi vida. Sus palabras se dirigen a mí y sostienen mi existencia.