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PROTAGONISTAS POR SORPRESA (1 de 3)
Los pastores de Belén
Eusebio González
En muchas películas, el personaje elegido para afrontar una misión no parece el más indicado. De algún modo queda patente que el encargo asignado le viene demasiado grande, mientras otras personas se muestran sobradamente preparadas. Sin embargo, el responsable de confiar aquella tarea es capaz de ver en el protagonista una cualidad que le hace único y que pasa desapercibida para los demás, incluso para el propio interesado. Y conforme avanza la historia, el público irá descubriendo poco a poco cuál es ese talento y verá que, efectivamente, la elección fue acertada.
Algo similar hizo Dios a lo largo de la historia de la salvación. Para ser los primeros testigos del nacimiento de su Hijo, y comunicarlo a los demás, pensó en unos pastores desconocidos del pequeño pueblo de Belén. Probablemente ellos no se creerían a la altura de semejante tarea. Pero el Señor no se fijó en su posición ni en su prestigio social, sino en un don del que quizá todavía no eran conscientes.
Despreciados por la sociedad
El nacimiento de Jesús tuvo lugar en una noche como cualquier otra. La mayoría de la gente estaría retirada en sus casas, cenando o descansando. Como de costumbre, «había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche» (Lc 2,8). Poco sabemos de estos personajes. Desconocemos sus nombres y tampoco estamos seguros de cuántos eran, aunque no debían de ser muchos. Belén no era un pueblo muy grande y no parece que la comarca custodiara grandes rebaños. Si hoy en día un solo pastor es capaz de tener a su cuidado más de cien ovejas, podemos pensar que se trataba de un grupo más bien pequeño.
Algunos autores señalan que en aquella época los judíos solían distinguir entre tres categorías de rebaños. Las ovejas que tenían una lana totalmente blanca normalmente pasaban el día al aire libre y, al caer la tarde, volvían a un redil que se situaba en el interior de los pueblos. Aquellas que tenían la lana de dos tonos diferentes no eran consideradas totalmente puras, por lo que el redil se encontraba en las afueras, junto a los muros exteriores. Por último, las ovejas que tenían el manto totalmente oscuro eran impuras y, por tanto, no podían pastar ni siquiera en el extrarradio de las localidades. Y sus pastores, como consecuencia, corrían la misma suerte.
Si esto fuera así, podemos suponer que fueron esos pastores, aquellos que se ocupaban de las ovejas rechazadas por la sociedad, los protagonistas inesperados a los que se les presentó de improviso un ángel (cfr. Lc 2,9). El Mesías había nacido precisamente para curar a los enfermos y rodearse de las ovejas negras del momento. Por eso quiso que le acompañaran en su nacimiento unos hombres y unos animales despreciados por los demás. «Dios no excluye a nadie, ni a pobres y ni a ricos. Dios no se deja condicionar por nuestros prejuicios humanos, sino que ve en cada uno un alma que es preciso salvar, y le atraen especialmente aquellas almas a las que se considera perdidas y que así lo piensan ellas mismas. Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse».