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18 enero 2027

HACER DESBORDAR LA ALEGRÍA. La normalidad del hogar

HACER DESBORDAR LA ALEGRÍA (4 de 4)
La normalidad del hogar
José María Álvarez de Toledo

María permaneció tres meses con su prima. El Evangelio no cuenta lo que ocurrió durante ese tiempo, pero podemos suponer que estuvo marcado por la tranquilidad. Paseos alrededor de la casa. Ratos de silencio. Conversaciones en torno a una mesa. Oración. Horas dedicadas a coser las prendas del niño. Tareas domésticas. Aquella familia encontraría un profundo gozo en la normalidad de esos momentos, saboreando la discreta cercanía de Dios en medio de todos sus quehaceres. «El secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad».

Es probable que Isabel tuviera que guardar reposo en las semanas previas al parto, y María seguramente se esmeró más en cuidarla. Trataría de adivinar sus necesidades con la prontitud y la creatividad propias del cariño. Con la misma prisa con que había dejado Nazaret ahora se adelanta a las solicitudes de Isabel. Podemos imaginar a María volcada en hacer la vida agradable a su prima. Prepararía la comida que más le gustaba. Buscaría el modo de hacerla reír. Contaría historias para entretenerla. De esta manera, María ayudó a aligerar la carga emocional y física que Isabel soportaba, ofreciéndole la tranquilidad necesaria para afrontar el parto.

Cuando por fin nació Juan, todos los vecinos y parientes de Isabel «oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratulaban con ella» (Lc 1,58). Todos querrían ver a aquel bebé: era evidente que se trataba de un regalo de Dios. María, después de disfrutar de la alegría de esos días y asegurarse de que todo estaba en orden, decidió volver a Nazaret. Seguramente Isabel y Zacarías habrían querido que se quedase un tiempo más, pero entendieron que había llegado la hora.

Durante el camino de regreso, María debió de considerar en su corazón todo lo que había vivido. Con su magníficat había puesto palabras al gozo profundo que estaba sintiendo desde el anuncio del ángel. Al cuidar a Isabel había experimentado la satisfacción de seguir los planes divinos y darse a los demás. Los primeros meses de Dios hecho hombre estuvieron marcados por la alegría y por la atención a una persona necesitada. Si lo que come y realiza una mujer durante el embarazo se transmite al hijo, podemos decir que Jesús, desde que está en el seno de María, se nutre de la actitud de servicio de su madre y de su deseo por hacer la voluntad divina en cada momento. Por eso, cuando más tarde dirá que su alimento es cumplir la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34) y que ha venido a servir (cfr. Mt 20,28), quizá pensaría en su madre: ninguna criatura había entendido como ella la felicidad de escuchar y acoger la palabra de Dios.