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14 enero 2027

El fundamento de todo

El fundamento de todo
Lucas Buch

En la oración de estos discípulos está presente el salmo 2, que en la tradición hebraica se lee como un conjunto con el salmo 1 y junto a él componen un prefacio a los restantes 148 salmos. Constituye uno de los llamados salmos reales o mesiánicos, como el salmo 45, el salmo 89 y el salmo 110. Dentro de ellos, el salmo 2 se caracteriza porque, de acuerdo con la promesa del Señor a David –«Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2 Sm 7,14)– proclama este singular privilegio de la dinastía davídica: en el momento de recibir la unción en Jerusalén el nuevo rey es adoptado por Dios como su hijo. Esta filiación del rey se realiza plenamente en Jesús, Rey de Israel, Hijo de David e Hijo unigénito de Dios. Por eso, en el Nuevo Testamento se cita hasta en siete ocasiones (cfr. Lc 3,22; Hch 4,25-26; 13,33; Hb 1,5; 5,5; Ap 2,27; 19,15). Este texto, que confortó a los cristianos de la primera hora, sigue acompañando a la Iglesia. Se trata de una oración que mueve a la confianza en el poder de Dios y hace resonar en nuestros oídos una declaración alentadora: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (salmo 2, v. 7).

La consideración de la filiación divina –una adopción filial de la que Cristo ha hecho partícipe a cada bautizado mediante la gracia– constituye el fundamento de toda la espiritualidad del Opus Dei. Así se lo hizo entender Dios a san Josemaría el 16 de octubre de 1931, cuando se encontraba en la calle, yendo de un punto a otro de la ciudad en un tranvía y mientras realizaba una acción tan rutinaria como la lectura de un periódico: «La oración más subida la tuve (...) yendo en un tranvía y, a continuación vagando por las calles de Madrid, contemplando esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre. Sé que, sin poderlo evitar, repetía: Abba, Pater! Supongo que me tomarían por loco». Y en una meditación en el año 1954, comentaba: «Es quizá la oración más subida que Dios me ha dado. Aquello fue el origen de la filiación divina que vivimos en el Opus Dei».

Años más tarde, abriendo su corazón en la presencia de Dios, rememoraba aquella escena, mostrando que el recuerdo permanecía muy vivo: «Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras. Tú eres mi hijo, tú eres Cristo.
Y yo solo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba!».

Poco tiempo después de aquel 16 de octubre de 1931, para alentar este espíritu filial, nuestro Padre previó que sus hijos espirituales recitaran cada martes el segundo de los salmos y que procuraran detenerse a meditar este texto en su oración de la tarde de ese día. En un primer momento pensó incluso en que fuera un himno de la Obra y se hicieron diversas gestiones para ponerle música a la letra, aunque finalmente desechó la idea. Una explicación de esta costumbre la encontramos en la carta circular que escribió a los miembros de la Obra al término de la guerra civil española, el 24 de marzo de 1939: «Todos los martes, luego de invocar cada uno a su Santo Ángel Custodio con el ruego de que le acompañe en su oración, besará el rosario, en prueba de Amor a la Señora y para significar que es la oración nuestra arma más eficaz. Y seguidamente recitará el salmo número 2, en latín. Os aconsejo que, sirviéndoos de la traducción castellana, empleéis ese texto para vuestra meditación de la tarde del martes. Y entenderéis bien, después de orar, por qué es ese el clamor que hacemos resonar en la tierra y subir al cielo antes de empezar nuestras grandes batallas y siempre».